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martes, 14 de enero de 2025

Retrato conmemorativo de Julio Verne. Relato


No me hizo ninguna gracia que me reclamaran para un trabajo así. Un fotógrafo de fiambres es lo último que me dejaría llamar antes de soltar un mamporro al que lo pronunciara delante de mí. Pero también es verdad que si se lo pidieran a otro, aún me lo hubiese tomado peor. Y no solo porque lo cobrara en mi lugar, sino porque en este caso el difunto era renombrado y eso se transmite como la pólvora a todo cuanto se relaciona con él. Ahora sobre todo, cuando el célebre ya no va a poder disfrutar de otro privilegio que no sea el descanso eterno. Vaya, que me presenté en el 44 del bulevar Longueville, aquí en Amiens, más que dividido, peleado conmigo mismo. Como siempre, de hecho.

Me había avisado, con un billete garabateado que me trajo un muchacho, el hijo, el señor Michel Verne. Él mismo fue quien me abrió la puerta. Lo conocía de vista. Un tipo de mi edad. Elegante. De mundo. Con un buen retrato. Esta posibilidad y sus maneras cosmopolitas diluyeron el vinagre con el que había recibido el encargo. Enseguida se da cuenta uno de que no le han llamado por la rancia costumbre, sino por respeto al arte de atrapar lo que la vida de sopetón se ha llevado por delante como hace siempre, sin preguntar a nadie si el momento era el adecuado.

Dejo la cámara y los instrumentos de trabajo en el recibidor, al cuidado del chico que me ayuda a transportarlos, y paso con el hijo a la estancia del padre. El afamado escritor reposa. Se diría, como se conjetura de todos los finados, que duerme. El pelo revuelto sobre la oreja por haber estado tumbado de un costado. La barba blanquecina. El pobrecito había penado una triste enfermedad durante los últimos días. Le digo al señor Verne que no es menester cuando propone enviar al ama de llaves por un peine. Contemplo sus dedos en las manos entrelazadas sobre el pecho. Sosegado ante el tránsito. Sugiero que le alcen un poco la cabeza con otra almohada debajo de la almohada. El encuadre, perfecto. Voy a decirle que ni se mueva al padre, pero me retengo a tiempo y le pido al hijo que no toque nada. Y salgo del cuarto a buscar mis bártulos con la fotografía que quiero hacer ya hecha en el pensamiento sin siquiera haber montado la cámara sobre el trípode.

No veo, la verdad, una diferencia entre fotografiar personas en vida o ya idos. Quiero decir, la diferencia está en la realidad, pero no en la imagen. Ocurre igual que con los relojes. Puede que haya uno que no funciona hace años. El fotógrafo obra con él el milagro de devolverle a la cronología. La hora que señala ya no será la antigua en la que se detuvo o la presente siempre inverosímil, sino la real de la escena captada. Lo mismo ocurre al contrario. Aquel reloj que trabaja corrientemente, la estampa lo detiene para siempre. Vida y muerte se confunden en la fotografía. Los vivos quedan atrapados en idéntico hieratismo al de quien perece; los muertos permanecen iguales a sí mismos en el papel mucho más allá de lo que el tiempo está dispuesto a respetarlos.

Y en cuanto extraigo la placa de la cámara ya huelo la pólvora de la fama contagiándome y encendiendo mi nombre. Quién habrá captado este estremecedor instante, se preguntará aquel que en el futuro admire las obras del genio. Los dos, fiambre y fotógrafo, de la mano, eternos. Como manillas de un reloj estropeado, pero siempre en hora.

miércoles, 12 de junio de 2024

Si el espejo se rompe. Relato


La memoria es un álbum de fotografías que se abre con frecuencia para refrescar las imágenes que conserva. El mío lo he cuidado siempre. Cubiertas de cuero, hojas de papel vegetal entre las páginas, una caja de cartón recio para guardarlo. A veces hasta me pongo guantes de látex para manipularlo. Por eso en cuanto la vi supe que la había visto. Que era ella. En el álbum de mi memoria ocupa una parte importante. Que repaso cada vez que lo abro, por más años que hayan transcurrido. Desde que falleció mi madre ya no frecuento el que fue mi barrio de adolescente. Solo de vez en cuando alguna razón peregrina me obliga a ir. Y voy, y nunca la veo. Solo está entre mis fotografías. Nunca es, sin embargo, una palabra engañosa. Se cruzó tan cerca en la acera que casi se tropieza conmigo.

         Han pasado los años desde mi juventud. Ahora soy un profesional maduro. De los que ya empiezan a echar cálculos de cuánto les falta para la jubilación. Pero ella estaba igual. Envejecida claro. También yo. Ella era mayor, quizá no tanto, aunque en la época cuando la veía a diario la diferencia se acentuaba bastante. En un instante fui capaz de ver que en el entorno de los ojos tenía arrugas pronunciadas y la piel se cuarteaba alrededor de los labios. No es eso en lo que me fijé, sino en que eran sus ojos de verdad y era el gesto admirable que dibujaban sus labios, como pronunciando una nota musical. Cuántos años sin verla. Ni supe contarlos. Me di la vuelta de inmediato y empecé a seguirla. Había ganado algo de peso. Pensé que lo mismo diría de mí si me hubiera reconocido. Pero no creo que ni se acordara. Es cierto que éramos vecinos, que con frecuencia entraba en la tienda de la esquina, donde trabajaba, y que no pudo por menos que advertir alguna vez una misma sombra que se repetía a su alrededor. Pero yo era un mocoso que solo la contemplaba desde lejos y ella una joven cuya mirada enfocaba su vida varios años por delante. No me he vuelto a enamorar nunca como entonces. Ni siquiera una relación completa, tiempo después, cuanto tuve la edad y la oportunidad de disfrutarla, me borró su imagen. Qué extrañas reglas rigen el sentimiento.

         Así que me giro en mitad de la calle y, tras ella, regreso de golpe a mi adolescencia. Abro el álbum, por las páginas más preciadas, dispuesto, una vez más, por fin, a revivirlas. «En vídeo», pienso con una sonrisa. Sigue calle abajo y yo detrás. Continúa siendo una mujer elegante. Con el mismo rigor que un objetivo de cámara fotográfica, busco detalles de su indumentaria, del calzado, para apoderarme de ellos. Pero cuando se acerca al portal donde sé que vive, realizo, sin meditarlo, una maniobra inaudita. Inédita en mis memorias. Apresuro el paso, me planto a su lado mientras introduce la llave en la cerradura del portal, sonrío y saludo. «Buenos días», me dice. Pero, de repente, continúa. «No te vi con ocasión del fallecimiento de tu madre, me hubiera gustado darte el pésame». «Gracias», respondo balbuciendo. «Pensé que tal vez entonces regresaras al barrio», continúa hablando como si una antigua amistad justificara el tono y el tuteo, «a ocupar el piso que había dejado libre tu madre, pero al ver el cartel de En venta se me evaporaron de golpe todas las ilusiones de volver a verte rondándome. Ni te imaginas lo feliz que me hacías siguiendo mis pasos allá por donde fuera. Lo segura que me sentía. No solo protegida por tu infatigable labor de escolta, sino sobre todo por la autoestima que me proporcionaba ver cómo me mirabas, con qué candor, con qué pureza. Si yo era capaz de despertar ese sentimiento en alguien, me decía, valía la pena ser quien soy. Pero un día desapareciste. Nunca más te he vuelto a ver. Pasé a soñar que soñabas conmigo, pero ese juego de espejos enseguida se quedó cubierto de vaho y por mucho que te buscara en él, ya serías un buen mozo, un hombre. Tendrías una mujer, hijos. Y yo no he encontrado nunca ese amor que me mostrabas en ningún hombre, y ya ves, sigo sola, en el piso que fue de mis padres, estancada en la juventud a la que tú le diste un sentido y después, de golpe, se lo arrebataste. Que seas feliz en tu mundo». Acabó de abrir la puerta, que se cerró con estrépito tras ella.  

lunes, 10 de junio de 2024

El regalo del regalo. Relato


La puerta continúa abierta en un extremo del atrio acristalado que se mantiene impecable, ni siquiera veo un vidrio astillado por un golpe. En el interior, los estantes de lo que fue una tienda de complementos están vacíos, pero donde aún permanece algún objeto, guarda el equilibrio de lo que está ahí para mostrarse. No hay ningún destrozo a la vista. Hace una década que el dueño salió una mañana de domingo en ropa deportiva y no regresó a mediodía, ni por la tarde, ni al día siguiente. Solo semanas después, alguien que necesitaba una pajarita para la boda de su hija se acercó al comercio, empujó la puerta y esta cedió gratamente. Encontró la que le gustaba en un extremo del cajón de las corbatas y dejo un billete pequeño en su lugar. No era el precio que indicaba la etiqueta, aprovechó el autoservicio para ofrecerse a sí mismo un generoso descuento.

         En la trastienda, donde había vivido el dueño desde que llegó a la isla, todo continuaba igual que el día en el que desapareció. La cama sin hacer, el pijama sobre una silla, la cafetera en la mesa y la taza con un culo de café en el fondo. Una capa de polvo recubre la escena con la precisión del filtro que aplica el fotógrafo nostálgico a sus imágenes.

         Las personas de la población siguieron entrando de vez en cuando. Es cierto que al principio dejaban unas monedas en el lugar ocupado por el objeto que elegían, pero el dinero se evaporaba demasiado rápido y pronto dejó de ser costumbre. Quien entraba, seleccionaba alguna prenda o pieza, y salía por la puerta satisfecho. Nadie se preguntaba por el dueño, ni por su ausencia, ni por la situación de puertas abiertas. Tampoco nadie abusaba. Una década después, aún quedan restos en estantes y cajones. Los espejos están en su lugar, la caja registradora permanece cerrada y sobre el sillón descansa el tiempo transcurrido en forma de polvo.

         Me explicas que encontraste la Leika M3 encima de una mesa donde por la noche completaba el libro de cuentas y la tomaste prestada. Con ella has captado durante estos diez años los rincones de la isla, en verano, cuando es posible recorrer sus caminos, y los del poblado cubierto de nieve, en invierno. Son las fotografías que disparaba el dueño de la tienda los domingos, aquellos en los que había regresado de su paseo por los acantilados. Pero consideras que ya no le queda al objetivo nada por encarar aquí. Por eso me la regalas. En su nombre. Para que continúe, lejos de esta latitud septentrional, enriqueciendo la colección de quien fuera su dueño. Porque las imágenes no pertenecen a quien las encuadra y dispara, sino al tiempo, el que siempre se está ausentando.  

viernes, 7 de junio de 2024

La última fotografía. Relato


Coloca la cámara junto a las otras en el estante. Se siente exhausto. No va a extraer aún el carrete para encerrarse con él en el cuarto oscuro y descubrir lo que ha visto. Otro día, cuando esté más despejado, se dice. No hace falta, sin embargo, que se engañe. Está solo. Hace tiempo que lo está. No ha de dar explicaciones a nadie. Tampoco a sí mismo. Bien puede aceptar que no es el cansancio la razón de que el carrete vaya a continuar en el interior de la cámara durante varios días. Semanas, tal vez. O meses. Tiene otras cámaras para tratar de borrar las fotos de hoy con nuevas fotos.

      El domingo no ha acabado aún de despertarse. Una intensa niebla, oscura, fúnebre, aletarga el tiempo. Una luz ideal para hacer fotos, se repite con ironía al recordar su propósito de aprovechar la mañana para hacer paisajismo fotográfico. El destino es una moneda al aire que alguien lanza sin que nadie aguarde a la caída para saber a qué atenerse. Así que después de decidir que dedicaría el día a otras tareas, se viste, mete en el macuto la réflex que había cargado por la noche, se equipa con el chaleco de bolsillos grandes, ya llenos de artilugios, y sale.

         Una luz antigua baña la calle. Aunque haya puesto un rollo en color, las fotos le van a salir en blanco y negro. Como a los clásicos. De repente una idea se interfiere en la ruta que ha emprendido. En la montaña a donde tenía pensado ir no se va a ver nada. Mejor, la estación. Pensarlo y darse la vuelta no consiguen surgir como dos acciones por separado. Como si ya lo llevara pensado desde antes y se lo hubiera ocultado a sí mismo hasta entonces. El autobús hacia el tren circula en dirección opuesta. Pese a la hora, no tarda en asomar por la avenida. A veces la realidad se pone de parte de uno de inmediato, es lo que piensa mientras saca unas monedas del bolsillo.

         La niebla, tal como preveía, se había colado en la antigua estación, como si fuera un pasajero más que ha descendido del convoy nocturno, aún con legañas en los ojos después de haber maldormido durante un largo viaje.  Descubre en ese momento que ya tiene argumento para la sesión del día. Una personificación de la bruma. Llamando a las puertas de los despachos ferroviarios, sentada en los bancos vacíos, colándose por las ventanillas de los vagones detenidos, arropando una maleta como si estuviera a punto de levantarla y partir. Guau, exclama para sus adentros. Las imágenes que va ideando se encuadran una tras otra. Un poco oscuras, algo tétricas, pero no le disgusta el tono. La lobreguez del día crea ambiente. Refleja un estado de ánimo. Aún ignora que quizá sea también el suyo.

         La ha fotografiado de espaldas. Va a ser la mejor placa de la serie. Una prostituta que, como las había visto hacerlo en la época aciaga, había acudido a los servicios de la estación posiblemente antes de retirarse a casa después de un viaje nocturno sin haberse movido de una esquina. La neblina rodea sus hombros como lo haría el brazo de un amante que la condujera hacia el lecho. Él mismo lo había hecho tantas veces. La luz caliginosa desdibuja el cuerpo casi desnudo: las piernas sin medias pese a la baja temperatura, la espalda, al aire de un escote halter, cruzada por el broche de un sujetador. Detalles que la mirada capta en el visor de la cámara en el momento de dispararla. Todo ha quedado ahí dentro, la mujer y su amante, que ya no es él, sino el humo.

         Uno de los dos únicos habitantes de aquella madrugada en la estación tenía que darse la vuelta cuando la moneda, que alguien había lanzado al aire nada más salir de su casa, cayera sobre una baldosa ferroviaria, sucia y desgastada por el exceso de tránsito.  Si hubiera sido él quien decidiera irse, la felicidad de una pieza memorable hubiera completado la serie. Ya tenía listo el reportaje. La guinda acababa de ser captada por el objetivo, y la luz ya había impregnado el negativo que pronto le deslumbraría a la luz roja del laboratorio. Era la hora de abandonar. Mejor, el instante. Darse la vuelta. Desaparecer en la niebla. Sonreiría imaginando ya las fotos que había hecho, evocadas una a una, y en especial la última, esa genialidad a la que había asistido. Le faltaría tiempo para encerrarse en el laboratorio.

         Pero quiso más. Una más. La idea no le cuadraba del todo: la mujer saliendo del brazo de su amante, el nublado. Le parecía redundante esa imagen en la serie. Al final se vería abocado a elegir entre dos contactos, o en el que entraba, ya hecho, o en el que salía, aún por ver qué podía captar. Además, encarar a alguien no siempre es fácil. Ni se suele aceptar con agrado. Casi no hay tiempo de enfocar, porque cuando la mirada y el objetivo se cruzan, el argumento de la foto cambia por completo, ya solo prevalece el odio al extraño ojo que invade una intimidad. Pero mientras decide, se queda frente a la puerta por donde ha desparecido la mujer. Y espera.

         Ella no puede dar la vuelta e irse. A la fuerza ha de salir del lavabo de cara. La moneda lanzada al aire solo es para él. Tampoco lo sabe ver, y aguarda. Trata de agazaparse tras una columna. Encuadra la imagen neblinosa de la mujer antes de que aparezca en el plano. No está seguro de que aquello añada nada nuevo a lo que ya ha conseguido. Aun así, aguanta la cámara en su posición depredadora. Tarda, ella. Persevera, él. Solo piensa en la fotografía que va a hacer. Nada más. Tal vez por eso dispara antes de mirar el rostro. La reconoce al instante, aunque se diga una y otra vez que no puede ser quien sabe ya que es. Solo ha estado enamorado de una persona. En casa guarda miles de instantáneas suyas. Tomadas en todas partes. Bueno, en todas no, nunca se le había ocurrido fotografiarla en la estación, cuando llegaban de algún viaje, con el gesto cansado, pero felices. Mientras estuvieron juntos no le importó cruzar todas las líneas rojas que encontraba hacia el vacío, pero ahora sabe que quien se ha despeñado es ella. La imagen que no había captado nunca ya estaba en el interior de la cámara. Comprende que ya es tarde para no haber ido a la estación, o al menos para haberse conformado antes. La foto de frente le grita que la situación es buena solo para estar muerto.     

martes, 4 de junio de 2024

Un fotógrafo en el desierto. Relato


El ronroneo del motor de la vieja furgoneta se ha convertido en la banda sonora de mi existencia. Temo apagarlo y que nunca más arranque. Su tembleque, una manera de respirar. Así he viajado hasta el confín del estado, primero por autopistas que le alejan a uno de la ciudad, luego por cuidadas vías nacionales; después, un desvío hacia una humilde carretera comarcal y, ahora, este camino sin ninguna indicación de destino que me ha traído a este lugar, que es como cualquier otro.  Cuando el motor exhala un gemido y se detiene, tras darle media vuelta a la llave de contacto, me incomoda el silencio que se impone alrededor. Como quien se cuela en una fiesta sin que nadie le haya invitado.

         Me entretengo, por eso, dentro de la cabina. No he de molestarme mucho en comprobar que no hay nadie en varios kilómetros alrededor. Los que llevo en el camino de arena, cada vez más tortuoso. Nadie, humano. Zorros, lagartos, coyotes, linces, por supuesto. Es posible que alguna tortuga se acerque también a husmear las sobras de la comida cuando la deje sobre una piedra. No cuento los insectos, para no nublar el día tan hermoso que hace. El sol en lo más alto del mediodía y un cielo azul contra el que cualquier mata de ocotillo se convierte en la visión de las uñas del diablo cuando asoman desde las profundidades de la tierra.

         Despacio, me quito las zapatillas de conducir y me calzo las botas de montaña. Antes de poner un pie en el suelo ya resuenan los guijarros aplastados por su suela. Estoy ansioso por escuchar esa melodía bajo mis pasos, pero tampoco me atrevo a abrir la portezuela y explorar el espacio que me acoge. No acabo de distinguir la diferencia entre no querer alejarse demasiado de la furgoneta, de momento, y no salir de su protección amniótica. Salto por encima del asiento del conductor y me dejo caer sobre la colchoneta que he extendido en el centro de la parte posterior, a ambos lados, acumuladas, bolsas y cajas con alimentos y utensilios. Rebusco en una de ellas y encuentro enseguida lo que anhelo. Un libro. La luz que cuela la ventanilla se concentra sobre la página por donde lo abro al azar. Y leo. El silencio y la quietud del vehículo me acunan.

         Es el libro que me ha traído hasta aquí. Son las memorias de un mítico fotógrafo del desierto. Reviso las páginas donde habla de las neveras que conservan los rollos de película, sin los cuales no obtendrá ninguna de sus impresionantes imágenes. Durante un tiempo estuve estudiando sus encuadres sobre vistas urbanas. Me levantaba de madrugada para dirigirme a barrios periféricos y poder plantar la cámara en mitad de una avenida vacía y aguardar a que las primeras luces dibujaran delante lo que soñaba captar, aunque siempre se adelantaba el tránsito y antes de que pudiera disparar, ya estaba el espacio infectado de coches. En uno de aquellos días, sin nada con que alimentar el objetivo pese al madrugón, decidí emular los viajes de mi ídolo. E irme al desierto.

         Que está ahí, al otro lado de la ventanilla. Ya no necesito cuidar las películas. Una simple tarjeta de memoria me permite disparar cientos de veces la réflex, que tampoco pesa demasiado. El trípode lo llevo en el macuto, y lo monto al instante. Hasta puedo sacar el móvil y aunque no tenga cobertura, dejar listas un montón de fotos impactantes para enviar a los amigos en cuanto me acerque a una gasolinera para repostar. Todo es mucho más fácil, y, sin embargo, continúo sin atreverme a abandonar la colchoneta, a la que llega la luz, pero ninguna imagen del exterior. Me bastan las líneas tipográficas, que me sé casi de memoria de tantas veces como las he leído, para sentir pleno el instante.

         Ya estoy aquí. Busco en otra bolsa y doy con los bocadillos que me había preparado por si el viaje se alargaba más de lo previsto. Así, tumbado boca arriba, mastico el pan de ciudad y los embutidos del supermercado. Y continúo releyendo las aventuras padecidas por el fotógrafo del desierto. En el desierto también yo. El silencio dentro de la furgoneta, con las ventanillas cerradas, es absoluto. Una cámara acorazada no lo lograría tan perfecto. Solo cuando me muevo, resuenan por debajo muelles y planchas metálicas, pero quieto, estoy donde no recuerdo haber estado nunca: en la ausencia absoluta de ruido. ¿Cómo captar eso con una cámara? Extraigo la mía de su funda y fotografío el techo de la furgoneta. En el visor observo el rectángulo oscuro con algunas raspaduras que lo cruzan en diversos sentidos. No es una pieza despreciable. Mi primera foto en el desierto.

         Sin darme cuenta, el sol ha caído por el oeste y lo veo enrojecer sobre una lejana cordillera. Me asusta pensar que la furgoneta no pueda arrancar su viejo motor y regreso nervioso al asiento del conductor. Introduzco la llave. Le doy media vuelta. Tose, pero no arranca. Siento que mi cabeza va a desmoronarse de un momento a otro. Lo intento de nuevo. Giro. Y el motor le devuelve a mi vida su banda sonora. Me hundo en el asiento, suspiro. Lo he conseguido. Se enciende. Me digo de inmediato, si me apresuro tal vez consiga llegar a la carretera comarcal antes de que anochezca del todo. La idea me propulsa, como una explosión bajo los faldones de un cohete. Y salgo disparado. Tal vez la foto del crepúsculo, de fondo, con una mata de ocotillo en primer plano no fuera una mala idea, aunque tuviera que detener el vehículo y salir al exterior para hacerla. Pero inmediatamente se impone un pensamiento sensato; ya la haría, más adelante, cuando vuelva otra vez al desierto.