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sábado, 12 de octubre de 2024

El protagonismo de las grietas




Entre las décadas de 1950 y de 1960 algunos escritores jóvenes sintieron la necesidad de abandonar las grandes ciudades –Madrid, Barcelona, París– y su potente polo de atracción, aunque solo fuera temporalmente, para descubrir su opuesto más radical, aquellas zonas rurales que parecían indemnes a las fuerzas de la modernización y del desarrollo. A principios de siglo, también los escritores jóvenes del 98 habían sentido un impulso parecido, pero su intención se saciaba impregnando con el espíritu moderno de sus miradas cuanto veían; exactamente lo contrario que van a hacer los jóvenes de mediados de siglo, con un empeño casi arqueológico: descubrir el pasado que las ideas de la nueva época estaban arrasando sin piedad a su paso. Este interés por los márgenes de la época dejó obras memorables, iniciadas por el Viaje a la Alcarria (1948) de Camilo José Cela (1916-2002), quien siguió caminando rutas ignoradas y contándolo hasta los años 60, cuando el Viaje al Pirineo de Lérida (1965) quizá coloque el punto final a este impulso. En medio, Juan Goytisolo (1931-2017) publicó dos obras maestras, Campos de Nijar (1960) y La Chanca (1962), y dos novelistas, Antonio Ferres (1924-2020) y Armando López Salinas (1925-2014), escribieron al alimón otra referencia obligada del género, Caminando por las Hurdes (1960). Todos ellos contaban alrededor de treinta años cuando emprendieron sus viajes iniciáticos por la geografía olvidada, en ocasiones como una actividad que apuntalaba su propia obra literaria, entonces en ciernes. 

En estos mismos años, un poeta y un fotógrafo suecos decidieron iniciar, con edades similares, idéntico viaje hacia los lugares desconocidos de España, no solo para descubrirlos, sino también para mostrarlos en Suecia, un país nórdico que empezaba a sentir una súbita atracción por el sureño. El viaje se cumplió en 1962, pero el editor sueco que lo amparaba se desdijo. Posiblemente ni la ruta ni las fotografías coincidían con lo que empezaban a admirar de España sus compatriotas, el sol y las playas. Perdido en el limbo de las libretas de notas y los borradores, sesenta años después de la visita, Lasse Söderberg (1931), escritor con una extensa obra literaria e hispanista notable, ha decidido, con un pie en sus anotaciones del viaje y otro en el presente de sus recuerdos, escribir ahora el libro que se quedó en proyecto e incluir, claro, una joya entreverada: las extraordinarias fotografías que tomó Christer Strömholm (1918-2002), cuya obra se ha expuesto en Madrid durante la primavera de 2024, en la Fundación Mapfre. El libro se editó en Suecia en 2013 con el título de Viaje en blanco y negro y la editorial Renacimiento lo acaba de publicar con traducción de Ángela García.


Christer Strömholm. Retrato de Marcel Duchamp en Cadaqués.


Aunque compartieran el rasgo generacional que buscaba descubrir los rincones ocultos de la época, el impulso de Söderberg y Strömholm fue diferente en dos aspectos: no se circunscribía a una única región y no estaba vinculado a un pensamiento crítico de la realidad española. El ámbito que eligieron fue el país entero, dejando de lado monumentos y ciudades históricas (con tanto rigor que pasaron por El Escorial sin entrar en el Monasterio) y su propósito tuvo un aliciente y un marco que no eran geográficos, sino culturales. Por otra parte, no solo deseaban visitar espacios, sino también a sus protagonistas. Con este fin cruzan la frontera desde Francia y llegan a Cadaqués, un pueblo pescador que les atrae menos que su habitante más célebre, Dalí. En su ausencia, el pintor Joan Josep Tharrats y el veraneante Marcel Duchamp, introducen en el libro el marco cultural de la vanguardia artística por la que ambos se interesaban. Y también en Cadaqués aparece el gran protagonista en la sombra de su peregrinaje por España: Luis Buñuel. Se encaminan hacia Aragón, a través de los Monegros y de los vestigios de la guerra civil, para recalar en Calanda, tierra natal del cineasta admirado. Un paso fugaz por Bilbao les conduce a visitar a Blas de Otero en su ámbito más cotidiano, el bar, donde Strömholm lo retrata. Y continúan el viaje, omitiendo las arduas horas de carretera, hacia el epicentro de su viaje, Las Hurdes. No elegidas por sí mismas, sino por revivir en el paisaje real la mirada de Buñuel en su documental Tierra sin pan, rodado tres décadas antes, cuyo guion recrean en su recorrido de principio a fin. En este aspecto el viaje de los dos artistas suecos se convierte en precedente de una práctica muy extendida sesenta años después, ya en otro siglo, que son los itinerarios culturales: el querer contemplar los espacios que describe un escritor célebre o el lugar donde se rodó una película famosa. Con una fugaz parada en el Valle de los Caídos (saltándose El Escorial), el viaje concluye en Cuenca, donde, ahora sí, cumplen su objetivo de encontrar a Antonio Saura. 

Christer Strömholm. Niña jugando en Calanda.

Mientras Lasse Söderberg va tomando notas de sus impresiones del paisaje, de las personas que conocen en los pueblos, de las conversaciones que mantienen y de sus reflexiones culturales, todo cuanto recrea con fidelidad en el libro, Christer Strömholm dispara incesantemente su Leika. Y la colección de fotografías que reúne forma un legado testimonial y artístico admirable. La primera fotografía que se reproduce, una escena rural cotidiana, unos niños en una calle, tomada con un contraluz que sume en negro la mitad de la imagen, evoca certeramente sus inicios como fotógrafo formalista. En sus tomas realizadas en los pueblos, sin embargo, prima la información testimonial, aunque siempre hay pequeños detalles en los encuadres o en el protagonismo de ciertas texturas que convierten la imagen en un relato también personal y simbólico: «A Christer le gustaba fotografiar los vanos de las puertas cubiertos con telas, que por lo general le sugerían mortajas», anota su amigo Lasse. Al encuadrar una antigua foto familiar enmarcada, por ejemplo, le otorga el protagonismo de la toma a una grieta en la pared, exacta metáfora del contenido que explicita Söderberg en el texto. Emblemático resulta también su encuadre del Valle de los Caídos, en el que dedica dos tercios a la gran explanada con la brutal sombra de la cruz, en uno de cuyos brazos se recortan una diminutas figuras humanas. 

Christer Strömholm. Bar en Las Hurdes.

En el conjunto de las fotos de este Viaje en blanco y negro destacan especialmente los retratos. Por una parte, los de personajes conocidos –Tharrats, Duchamp, Blas de Otero, Antonio Saura–, que son extraordinarios. El de Duchamp, sin camisa y fumando un puro, resulta memorable, y los retratos del ambos pintores y del poeta superan en clarividencia la mayoría de fotos con las que se los recuerda. Y por otra parte, brillan los retratos de personas anónimas. Tanto los de niñas y niños jugando en la calle, como los de ancianos sentados a las puertas de sus casas. Sus rostros se muestran impregnados de un halo trágico que les proporciona una hondura simbólica. Vale la pena destacar, entre la excelencia del conjunto, el retrato de una pastora con su rebaño (pág. 59) y, sobre todo, el de los jornaleros ciclistas (pág. 148). Ambos consiguen captar en las miradas de los retratados una lúcida y precisa idea, de orgullo o de desamparo, sobre el lugar que ocupan sus vidas en la realidad, o lo que es lo mismo, el don secreto de la fotografía.


Publicado en Cao Cultura el 20 de septiembre de 2024. 

miércoles, 22 de mayo de 2024

Amar la fotografía


Retrato de noviaobra de un fotógrafo anónimo, posiblemente realizado en Madrid hacia 1925.



Una pequeña editorial madrileña ha puesto en práctica este invierno la buena idea de presentar en público los libros que publicó en 2020 y 2021, y que el confinamiento, primero, y las medidas por la pandemia, después, le impidieron celebrar con normalidad. Bajo el mismo designio inicio el comentario de Carrete del 36 (2021), un libro publicado en la época más propicia para pasar injustamente desapercibido.

Es frecuente ilustrar con fotografías los textos literarios. El propio Fernando Castillo (1953) había incluido una pequeña colección de sugerentes imágenes para acompañar el recorrido memorialista del viajero en su Atlas personal (Renacimiento, Sevilla, 2019)Lo que le proporciona singularidad a Carrete de 36 es que invierte esta inercia ilustrativa de la foto, que en este volumen se convierte en la única protagonista, acompañada por un pequeño ensayo que la ilustra. El título no puede ser más elocuente al aludir a las treinta y seis fotos que se obtenían de un carrete cuando el fotógrafo lo extraía de la cámara después de treinta y seis disparos. El mismo número que en el presente volumen conforma un interesante y particular antología de fotografías del siglo XX —la más antigua es de 1903, la más reciente, del 2000— donde, lo primero que llama la atención es la ausencia de las fotos icónicas de la época, contrariedad que el ensayista irá resolviendo poco a poco, al paso que demuestra la cantidad de obras maestras del siglo que le dio madurez y carácter a la fotografía que están a la espera de ser reivindicadas como tales.

Carrete del 36 es, en primer término, una amena historia ahistórica de la fotografía, es decir, el autor no sitúa las obras en ninguna cronología, de hecho, resulta significativo que haya renunciado a cualquier orden cronológico o de acontecimientos a la hora de mostrarlas: a una pieza de 1943 le sigue una de 1930 y a esta una de 1950, y así sucesivamente. De esta manera cada imagen aparece implicada en su propio contexto histórico, social y artístico. El libro no es un recorrido ferroviario de momentos y evoluciones, sino un conjunto de 36 viajes singulares, cada uno al interior de una imagen. Así, junto al interés del conjunto de la obra, destacan algunos pequeños ensayos memorables, unos porque explican de modo brillante el sentido profundo y humanístico de la obra de fotógrafos no siempre muy conocidos, como los dedicados a Giuseppe Cavalli, a Bernard Plossu o a Horácio Novais. O porque incluyen en esta historia no oficial de la fotografía piezas que son a veces la única prueba de oscuros episodios históricos que parecen extraídos de una novela de espionaje, como la vista del Bajo Manhattan tomada desde un submarino alemán en plena Guerra Mundial.

En segundo lugar, Carrete del 36 es una reflexión sobre los acontecimientos esenciales del siglo XX y también sobre sus giros y evoluciones artísticas, que se han descrito ya a través de los documentos, de la literatura y de las obras de arte, ahora contados desde la evocación fotográfica. Hechos trascendentes, como guerras y posguerras; pensamientos radicales, como los derivados de las vanguardias o de los realismos, plasmados ahora en las instantáneas del momento. El protagonismo de lo fotográfico es el punto de vista dominante, el narrador de los acontecimientos y la justificación de los datos, y este aspecto resulta revelador incluso cuando se trata asuntos bien conocidos. La lectura del libro demuestra que la fotografía no es un elemento circunstancial de la sensibilidad artística en el siglo XX, sino un actor más en pie de igualdad con las otras disciplinas heredadas de la tradición, sobre todo por su voraz capacidad de crear formas de mirar inéditas.

En tercer lugar, es una guía para descubrir fotógrafos, un campo de una feracidad inusitada que oculta no pocas sorpresas. Ya sea por ámbitos geográficos: húngaros, alemanes, franceses, italianos, españoles… O por ciudades emblemáticas: de París, de Nueva York, de Nápoles… O por géneros fotográficos: fotoperiodistas, documentalistas, líricos, metafísicos…  O por corrientes artísticas: subjetivos, neorrealistas, de la Nueva Visión… Incluso por predilecciones temáticas: fotógrafos de la ciudad, de la noche… Y es también Carrete del 36 un compendio excepcional de comentarios de la imagen fotográfica. Igual que la disciplina del comentario de texto consiguió darle a la comprensión literaria general una profundidad desconocida por las panorámicas generalistas, Fernando Castillo, sin proponérselo, culmina una precisa guía para indagar en los secretos de las fotos cuando se las observa con detenimiento en su singularidad.

Esta secuencia de virtudes, que podría fácilmente ampliarse, no agota los intereses que despierta el volumen. Y entre estos destacan las seis placas cuyos autores son desconocidos. Una es la foto de Nueva York realizada posiblemente a través del periscopio de un submarino alemán, pero el resto son obras de fotógrafos «anónimos», en un auténtico homenaje a la práctica del oficio durante todo el siglo XX. En especial a la de aquellos fotógrafos ambulantes que se ganaban la vida por las calles, o de quienes acudía a inmortalizar pequeños festejos privados. En ambos casos no solo ofrecían el objetivo de la cámara que utilizaban, sino también, en ocasiones, sus excelsos conocimientos que iban más allá de los meramente profesionales y apuntaban a un claro aliento artístico, como las que Fernando Castillo incluye en el volumen, entre las firmadas por los grandes fotógrafos del siglo, captadas en el exterior de un taller metalúrgico francés, en una bodega andaluza o frente a la belleza inquietante de una novia madrileña el día de su boda. Incluso a partir de una de estas fotografías, disparada por un amateur, se puede intuir y descubrir instantes de la intrahistoria que la Historia de los acontecimientos suele pasar por alto, como ilustra la pieza de los republicanos españoles paseando por el París recién liberado por ellos. Además de un libro, Carrete de 36 es una auténtica declaración de amor a la fotografía.

Publicado en Cao Cultura el 17 de mayo de 2024. ENLACE.