miércoles, 7 de octubre de 2026
jueves, 24 de septiembre de 2026
RETRATO DE UNAS SONRISAS
Es una estampa llena de ojos y generosa dicha o quizás bendito día de un dorado retrato de familia.
El padre, que sacó su traje de novio guardado en otro siglo, ve en la pared escenas del acontecer de este raro día en el que a esta hora no está junto a su mula, su perro, su labranza.
La madre es el gozo en vilo, el duende de la casa. Su pecho y su vientre son magia, caudal de las mieles de los días. Comparte el estandarte hermoso de sus hermanas y su prole que luce orgullosa como la piel de los labios. Los niños viven lo inusual del instante azogados con el vibrante jolgorio.
La casa, donde todos viven y todo pasa, es un palacio humilde con un techo de vigas que aún cruje, un suelo de barro y una pared de cal y piedra. En ella cuelgan dos cuadros con paisajes de exóticos lugares que nadie, jamás, dijo haber visto y alguna fotografía de abuelos, bodas y comuniones; intactas con sus nostalgias. También hay una repisa en un rincón donde se guarda lo tangible después del abrigo y la comida: unas medicinas para aliviar dolores y algún tarro con jazmines envejecidos. Se completa con una mesa de formica y algún jarrón que nada dice.
La imagen es sencilla, prueba de la inmortalidad y la resistencia a los días; como la del armazón y los asientos de enea de las seis únicas sillas de la estancia.
[Poema escrito a partir de una
fotografía de Eugene Vernon Harris]
miércoles, 16 de septiembre de 2026
Minor White, fotógrafo en verso
1
Salgo de la exposición [en la
sala KBr de Barcelona] de Minor White con diversas imágenes sueltas en la
cabeza. La primera es una nevada en 1960, y después de inmediato tres o cuatro
fotografías con líneas de cableado por el aire, que ya están guardadas en la
bodega del teléfono. Luego acumulo sensaciones intensas, pero dispersas, sin
visos de que consigan formar una única disertación. Las imágenes de playas,
donde las olas rompen sin palabras; los
trazos eróticos en primeros planos de rocas y plantas; la fotografía como escritura de un poema. Y este confuso
bagaje con el que abandono la sala es el que me aconseja olvidarme de estructuras
y didactismo y arrancar donde la exposición ha empezado en los ojos de quien la
recorría.
Con
un propósito casi diarístico confieso que la placa que impresiona con mayor vigor mi memoria es esta:
Minor White (1908-1976) la disparó,
según leo en la cartela, en marzo de 1960, en la calleja Haags de Rochester, ciudad
del estado de Nueva York a orillas del lago Ontario donde llega, con 52 años,
apartado de la escuela californiana donde había trabajado desde 1946. En los
mismos días en los que capta esta imagen, quien ahora contempla la acumulación
de nieve en el alféizar de la ventana nació al otro lado del Atlántico, en el
Carrer Gran de Sant Andreu, esquina calle Malats. La composición de estudiada
pureza geométrica emula los signos básicos de las culturas antiguas, como una
cruz o una figura humana con los brazos abiertos. Los adarmes de nieve que
impregna la fachada parecen adornos en una habitación infantil; debajo, la
acumulación emula las ropas blancas de la cuna. Nada de eso verá en la copia
expuesta ningún visitante, pero yo nunca había encontrado una foto que evocara
mi nacimiento hasta que he visto este extraordinario poema visual donde también
yo leo, en la fecha de mi origen, el alma del invierno.
2
Siempre me ha fascinado el
cableado caótico que raya el cielo de las ciudades. Su empeño en perpetuarse me
parece muy superior al de cualquier obra humana, incluso las más ambiciosas. Mi
familia poseía una vieja casa en un pueblo donde todas las conducciones eléctricas
se realizaban a través de cables sostenidos por viejos postes de madera. Las
líneas que trazaban en el aire eran siempre tensas y respetuosas con la
geometría más simple, la del ángulo recto. En cierta época el Ayuntamiento se
propuso que todas las conducciones fueran por tierra y se abrieron las calles
para introducir canales para los diversos servicios. Durante un lustro se
extendieron las obras por la población, pero cuando acabaron a nadie se le
ocurrió después introducir en las canalizaciones los cables que aún atraviesan
todas las vistas aéreas. O se quedaron sin presupuesto. A la antigua línea
eléctrica se han sumado desde entonces cientos de cables de fibra de vidrio de
las telecomunicaciones, en una disposición aún más caótica, la mayoría retorcidos
y combados. Desde hace años documento este despropósito generalizado cuyo
objetivo no dudo que sea, como he visto que ocurre en algunas ciudades chinas,
convertir las calles en auténticos túneles. En la exposición panorámica de
Minor White descubro no solo un valioso precedente, sino a un verdadero maestro
en la meditación sobre el cableado.
Es una de sus primeras
fotografías, disparada en Portland en 1939, mientras ilustra edificios en
espera de demolición para un proyecto que le han encargado, el primero que
recibe. White siente la seducción de este edificio de la Northwestern Electric
Company embalsamado en cables y la transmite. La cámara del principiante —solo
lleva un año de práctica— resuelve a la primera el laberinto de conducciones
eléctricas con una combinación geométrica impecable. De inmediato destaca en la
imagen su capacidad metafórica: cada una de esas líneas, paralelas o
perpendiculares, responde a una conducción eléctrica singular, concreta,
determinada, de un punto a otro, que sin embargo pierde esa identidad en la
proliferación de elementos que se perciben como idénticos. No veo una mejor
definición de la ciudad contemporánea que entonces ya desbordaba todas las
estructuras de la población tradicional. Al mismo tiempo de que era símbolo de
la nueva época, el cableado remite además a la afluencia de personas en un
cruce de calles de una gran ciudad, individuos imposibles de individualizar. En
sordina podría sonar el ritmo de los versos de Walt Whitman: «(Yo soy inmenso…
y contengo multitudes)».
Diez años más tarde, Minor White
es profesor de fotografía en San Francisco, y en 1949 dispara esta placa que
mantiene el protagonismo del cableado. Aunque ha dejado ya de ser una metáfora,
no se ha convertido en crónica. Esta composición del edificio solitario
atravesado por los cables de otros edificios no denuncia, ni informa, ni
dilucida nada. Es una simple imagen donde
la función de cables y postes de luz es descomponer, con claridad y precisión, los
significados enfáticos del edificio neoclásico y del automóvil a la puerta.
Como un niño que hubiera tachado un dibujo que no le gustaba. De hecho, en la
fotografía solo existen a la vista unos simples y fortuitos cables que, sin
embargo, han sido capaces de arrebatar el protagonismo a emblemas que se creían
perennes. Es un sorprendente poema imagista (del imagism), casi un ideograma.
Esta línea de poesía visual imagista es la que va a continuar en su
exilio fotográfico en el estado de Nueva York. En un pacto consigo mismo para
tratar de curar tanto las heridas profesionales como la pasionales, ambas
profundas y dolorosas, Minor White recorre parajes que resultan desamparados y monótonos,
muy lejos de la belleza agreste que había perseguido en la costa californiana.
Sin embargo, capaces de transmitir una paz interior que o bien andaba buscando
o bien creía haber encontrado. El certero cableado que llega a la aislada cabaña
de Dansville, NY, representa otro breve poema lírico imagista que connota con su levedad la tregua en la que vive en
1955, solitario pero conectado con una realidad de nuevo amable.
Pero los cableados de Minor White
aún esgrimen una sorpresa final. En el proceso que su ideación fotográfica
emprende hacia la abstracción como paso final de diversas sublimaciones de lo
erótico, que realiza en primeros planos de rocas, plantas y objetos cuyo poder
de evocación sexual descubre para el observador de imágenes un universo de
sugerencias inédito, no se olvida de los cables. En esta placa, disparada el 14
de abril de 1963, Domingo de Pascua, en la calle Unión Norte número 72 de
Rochester, donde vivía, el cableado acompaña el decidido paso de la imagen
hacia la idealización. Esta ventana, mal cegada por una simple tela, mantiene
como única visión del exterior, acaso también como único visor del interior,
tres anónimos cables callejeros cuyo origen y destino nunca hemos conocido.
3
A partir de los años 40, conforme
su experiencia como fotógrafo crece, empieza a desarrollar su trabajo creativo
en seriaciones cuya idea y origen prende en los retratos de soldado que realizó
durante la segunda guerra mundial. A estos conjuntos, normalmente entre diez y
treinta obras, los denominó «secuencias» y a cada una de ellas le dio un nombre
propio. La primera fue Amputations (1947),
y la entreveró con poemas escritos sobre la guerra a mitad de la década de los
cuarenta. Uno de los poemas, el «46», dice así:
Esparciendo
palabras y flores,
estamos
incumpliendo
nuestro
deber. No cavamos
las
tumbas necesarias
para
esta guerra y la siguiente.
A
esos necios que rehúyen la verdad,
les
entregaría picos y palas,
pero
las uñas son más que suficientes.
A partir de 1947, el desarrollo
de su obra aparece pautado por las diferentes secuencias que emprende. Infinidad de fotógrafos han trabajado,
antes y después, con seriaciones, sin embargo, las series de Minor White no son
comparables. Mantienen una singularidad propia. En primer término, cada secuencia
posee un número fijo y a veces muy limitado de piezas. La primera combina fotos
y poemas, las siguientes ya solo son fotográficas. A diferencia de las series
convencionales, las secuencias no están organizadas únicamente por un mismo
tema o ámbito, sino que marcan etapas de su biografía o de su crecimiento
personal y artístico. Mantienen un paralelismo mayor con la edición de los
libros de un poeta que con la organización de archivos fotográficos. Por otra
parte, las secuencias se conservaron en simples cartapacios de uso personal,
encuadernados con espirales. Algunas solo tuvieron un uso privado, como «La
tentación de San Antonio son los espejos» (1948), conjunto de fotografías eróticas
de la que el fotógrafo solo realizó dos copias, una para el modelo y otra para
él. En suma, se podría afirmar que las secuencias son una suerte de bibliografía poética de Minor White, que
incluyen libros editados y otros inéditos en su época. El halo poético que supo
captar como valiosa herencia de sus maestros casi contemporáneos, solo algunos
años mayores que él, Edward Weston, Paul Strand y Walker Evans, White lo
convirtió en una certera expresión intensamente lírica a través de la imagen.
domingo, 23 de agosto de 2026
[Küsnacht], 10 de abril [de 1958]
Padre. En la nueva edición de la prosa selecta de Ezra realizada por Eva Hesse, en Arche Verlag, hay una fotografía de Ezra cuando salió del campo pisano, encadenado, entre dos policías. Están las fotografías de 1946-1948 conocidas por las cubiertas de los libros y la de 1955 de la silla plegable en el jardín de St. Elizabeth's. Hay una fotografía más temprana, tomada, según dicen aquí (y en el pequeño volumen que Mary me envió, publicado por Pesce d’Oro, Milán, por su setenta cumpleaños) en Venecia, en el momento de la publicación de su primer libro, A Lume Spento, en 1908. Estoy segura de que esta fotografía es muy anterior. La atmósfera no es veneciana —ni la silla. Es un Ezra más joven incluso que el que conocí por primera vez cuando yo tenía quince años.
domingo, 9 de agosto de 2026
Anna Turbau y el acontecer de la imagen
La apuesta clara de algunas entidades culturales por la fotografía y las exposiciones de grandes innovadores clásicos que se suceden en la ciudad anima el género también en el ámbito contemporáneo. Y así, instituciones multidisciplinares, de repente, descubren a sus artistas de la imagen. El Palau Robert organiza una excelente muestra de la fotoperiodista y fotógrafa Anna Turbau (1949-2025), desaparecida hace poco más de un año. En el atrio de la exposición la autora saluda desde un magnífico autorretrato dentro del espejo retrovisor de un vehículo, reproducido de manera gigante. Ese mínimo espacio disponible lo comparte la fotógrafa con la puerta del coche y con un fragmento de su cámara, de modo que solo queda a la vista su mirada. Seria, atenta y reflexiva. Que es una firma, de ahí el privilegiado lugar que ocupa en la muestra, pero también una poética fotográfica, una suerte de «Tal como lo he pensado». Porque en cada una de sus copias Anna Turbau ha dejado inscrito entre las imágenes un pensamiento. Sin mensaje no existe fotografía es su lema.
Fue autora de miles de copias en el desarrollo profesional de la fotografía, en una época de eclosión de la imagen, los años 70, y en medios que enfatizaban su valor comunicativo, como Interviú, Primera Plana o El Periódico, en el que estuvo desde sus inicios. Referencia obligatoria en el fotoperiodismo, también fue profesora de esta disciplina, esta ingente obra dedicada a ilustrar el presente, la noticia y la preocupación del momento no oculta en ningún momento, como cualquier género fotográfico, su aspiración a crear imágenes perennes. La extraordinaria atención que se les presta en el instante de su publicación, contempladas e interpretadas por infinidad de personas al unísono así lo parecen presagiar. Pero el paso del tiempo las sumerge en una severa contradicción, el énfasis en glosar el presente desarbola su interés cuando caduca la intención que les dio origen. Consciente Turbau de que las aspiraciones de su cámara no se satisfacen con lo inmediato, en paralelo emprende otra actividad fotográfica donde trasciende el retrato pragmático y funcional, y aborda proyectos comprometidos con realidades que la actualidad no contempla en absoluto. Que son los que fascinan en esta muestra.
Que aborda en paralelo no es, sin embargo, pese a que lo haya presentado así, una expresión acertada. Son sus principios fotográficos y su propia trayectoria los que transforman una tarea profesional en su continuación artística como fruto de una evolución natural. En 1977, fecha clave en el principio de la ebullición social, política, cultural y artística de su ciudad, Barcelona, Anna es una joven fotógrafa de veintiocho años. Sale con su cámara a capturar imágenes de mítines, manifestaciones, fiestas populares, encontronazos con la policía. Un cronista, como los muchos que ilustran estos acontecimientos que regularmente se producen en las ciudades, suele situarse en un punto intermedio entre manifestantes y policías. Incluso ahora con chalecos reflectantes que indican «Prensa». No existían en 1977, pero tampoco la fotógrafa del despertar de Barcelona lo hubiera vestido. El punto de vista que elegía siempre, según ha declarado ella misma, era el de los manifestantes, justo enfrente de la policía. No es una decisión baladí, Anna desde el principio no piensa la fotografía como una reportera que informa, sino como un sujeto que padece un acontecimiento en el momento que ocurre. La ilusión y el desconcierto, la utopía y el sacrificio, la voluntad y el miedo que muestran las personas en las manifestaciones del 77 son las mismas que muestra la persona que las encuadra en su cámara. No refleja, comparte. Este principio de afinidad lo aplicó Anna Turbau a cualquier reportaje que le encargaran en la revista o el periódico. En cada imagen hay un pensamiento, pero no de quien dispara, sino de quien la protagoniza.
En cualquier trabajo profesional de la fotógrafa se percibe el punto de vista de quien lo padece, no de quien lo registra. Esta simbiosis de pensamiento entre quien está fuera y quien está dentro emerge en Turbau desde esos mismos inicios. Una placa de 1977, «Ocupación de un piso, Distrito V, Barcelona», muestra una niña en la puerta de un desvencijado y posiblemente poco higiénico urinario. Lo que sobrecoge en la foto es que no solo desea establecer una idea crítica sobre el acontecimiento que ilustra, la ocupación de un piso posiblemente abandonado hace años, objeto sin duda del encargo, sino también, y sobre todo, el desconcierto y casi pavor de la niña que lo va a ocupar, que por ósmosis artística es la que percibe quien contempla la imagen. Es decir, desde su temprana actividad de cronista del presente ya Anna Turbau había comprendido la línea de evolución que la conduciría en muy poco tiempo a sus proyectos de expresión fotográfica personal, por no decir lírica.
Esta condición de su obra fotográfica muestra una curiosa dimensión de la subjetividad artística. Aquellos fotógrafos que han destacado por su altura poética, en la elección de sus contactos se reconoce una indiscutible personalidad, en muchos casos incluso vinculada a vicisitudes biográficas y sentimentales, y también un talante artístico y una exploración de significados singulares, acompañados por una subjetividad detectable en todas las placas. Anna Turbau se caracteriza por mostrar indiscutiblemente este perfil lírico y artístico, pero construido no con una única subjetividad en la selección de planos, situaciones y encuadres, sino con la afinidad de los protagonistas de sus fotografías. De la autora se puede afirmar lo que comúnmente se opina de los grandes novelistas: que han entregado todo su genio personal a la creación de unos determinados personajes inmortales. Con la única diferencia de que Turbau no practica en su obra fotográfica un género narrativo, sino poético. Con dos vertientes, la poética del acontecimiento colectivo y la poética del acontecer personal.
viernes, 24 de julio de 2026
tu cuerpo como construcción fotográfica
circunscribe la geometría de la casa
las arrugas ajenas a cualquier sufrimiento:
siempre has tenido ese extraño don
infantil de sacrificarte:
el cuerpo ennegrecido por la ropa
[regreso a ti
madre
porque no soporto tu soledad]
[Traducción de JAC]
lunes, 6 de julio de 2026
Ouka Leele
In memoriam. Hoy, martes 24 de mayo de 2022, ha muerto Ouka Leele. Había
nacido en 1957. Su nombre, que reconozco que no había memorizado hasta hoy, era
Bárbara Allende Gil de Biedma, que parece la descripción de una de sus
fotografías: una identidad preparada
con nombres célebres.
Su nombre verdadero, sin embargo,
siempre fue Ouka Leele y su peculiar y surrealista manera de fotografiar se
convirtió en las décadas finales de siglo XX en el emblema de una revolución
cultural, que algunos llaman Movida, pero que fue un movimiento más profundo y
extenso de punto y final a cuarenta años de una cultura oficial mediocre, miedosa y maniatada. La libertad tenía un logo
imaginado por Ouka Leele. Una imagen compuesta casi pictóricamente, con saturación
de los colores y naturalidad en el
uso de lo inverosímil.
Especial impacto me causaron sus
retratos, en los que sustituía el cabello del fotografiado por animales
(tortugas, peces, pulpos), vegetales (frutas, flores, ramos), aparatos
(máquinas de afeitar, planchas, grabadoras) u objetos de cualquier especie
(zapatos, jeringuillas, aviones de juguete). En 1980 disparó una de sus fotos
más icónica: un tipo con traje, bigote y gafas de sol —prototipo del varón del ancien régime— leyendo un periódico al
revés y con una pierna femenina encima de la cabeza a modo de cresta punki. Una
imagen llena de contenidos políticos concretos, que la época sin duda
reclamaba. Pero la obra a la que dio paso fue dejando de lado cualquier
concreción significativa, y sus imágenes subrayaron únicamente carácter, el de
la reivindicación para la vida de la imaginación, de lo festivo, del disparate,
de lo ingrávido, de lo onírico, de lo esencialmente irrespetuoso. Una obra que
inyectaba el mismo optimismo, felicidad e irreflexión que las sustancias que
corrían por las calles de la Transición.
Así como muchos artistas fracasaron en
el encomio de lo fútil, reviso los repertorios de imágenes de Ouka Leele, hoy
con la conciencia del espejismo que suponía su propósito de derrotar la vida
cotidiana, y sigo encontrando en ellas, intacto, su esencial ausencia de significados
con fecha de caducidad. Solo veo la permanencia de ingenuidad y devoción, de la
fe en una concepción ilimitada de la creatividad, practicada por su propio
encanto. Como un perpetuo juego infantil para el que no está previsto que
exista lo que ha ocurrido en la tarde de hoy, en un hospital de Madrid. DEP.
sábado, 20 de junio de 2026
Fotografío una animada
terraza de café,
es el café de un hotel
desvencijado.
Quiero anotar el nombre
del local
pero sólo consigo
distinguir
las letras árabes,
rojas, quedando
la transcripción latina
fuera de ángulo.
Así se pierden tantas
oportunidades
fuera del ángulo de
visión,
pero terrazas de café en
Alejandría
nunca van a faltar.
martes, 9 de junio de 2026
Richard Learoyd
Cuántas ocasiones, ante una placa de los años cincuenta uno se siente feliz y perplejo. Por lo que aprende y por lo que no podrá lograr, porque ya está conseguido. Y aún puede sumar una tercera sensación: con qué sencillez alcanzan los clásicos sus logros, frente a un presente de la fotografía donde la novedad parece siempre enfática. En los tamaños, en las decoraciones, en la saturación ya no solo de los colores sino también de los asuntos tratados. El pasado hace incómodo el presente, a veces.
Sin saber muy bien quién es Richard Learoyd entro en la Fundación Mapfre para la exposición que acaban de inaugurar. Dos días después, una mañana de jueves. Solos en la sala el vigilante, Marisol y yo. Me cruzaré con algún otro visitante, pero me sobra una mano para contarlos. A partir de la primera fotografía que veo, una familia gitana en el campo, junto a su carromato cubierto por pancartas publicitarias en funciones de lona («Grupo familiar», 2016), ya sé que quiero saber más cosas de aquella imagen en la que los niños salen movidos, como en las placas que desechaban los primeros fotógrafos. Lo primero que me llama la atención es la fecha. Todas las piezas que voy a ver son del siglo XXI. Mi pesimismo sobre la época disuelto en el acto. No existe ni un ápice de énfasis, solo sencillez y grandiosidad clásicas, en la mirada de Learoyd. Y extraordinaria originalidad. Sigo por las fechas: nació en 1966. Compartimos generación. Eso me emociona.
Poco a poco descubro los detalles técnicos de las fotografías, extraordinarias, que veo. Richard Learoyd trabaja con una cámara oscura de grandes dimensiones construida por él mismo… en la época de los móviles con cuádruple objetivo. Sus piezas, de tamaño casi real, no son ampliaciones —ese manierismo de tantos fotógrafos actuales—, sino las dimensiones de la fotografía en la cámara oscura. Y tampoco pueden ser ampliaciones porque trabaja sin negativo, son fotografías únicas. No pueden existir copias. En la edad de la reproducción infinita del desbordamiento digital, cada fotografía de Learoyd es pieza única, es decir, un cuadro. Mi entusiasmo crece por momentos. Alguien tiene que decir en voz alta lo que esta manera de entender la fotografía está diciendo, que cree en la herencia del artista que elabora las condiciones de su arte, que cree en el valor de lo que es único, de lo que no se deja alterar, que cree en la mirada desde la intimidad. Es decir, alguien tiene que decir por nosotros que no cree en la dictadura tecnológica y uniformadora de la época y que existen caminos fértiles fuera.
Resulta evidente que el diálogo de Richard Learoyd con la pintura alcanza una densidad sorprendente. El catálogo menciona los pintores que han ayudado a afinar su mirada, desde el barroco holandés hasta Francis Bacon, pasando por quien tal vez sea su más intenso maestro de fotografía, Ingres. Sin embargo, el auténtico diálogo con la pintura de su obra no es erudito ni temático. Es morfológico. Son texturas. Así como la pintura ha presagiado, primero, y ha emulado, después, la existencia de la fotografía en una avinagrada convivencia en la que no siempre la mayor, la pintura, ha sabido mantener las formas ante la menor en edad, la fotografía, Learoyd consigue darle la vuelta a este absurdo debate conceptual. Y con humildad emprende el camino de regreso desde la fotografía…. ¡hacia la pintura! Sus composiciones, sus retratos, sus bodegones, sus fondos, la textura imperfecta que ofrece la cámara oscura entregan a la fotografía el aura propia de la tradición pictórica. La suya es una fotografía que abandona la fotografía para regresar al óleo, al sfumato. Y todo en el siglo XXI.
El ahondamiento en la tristeza, el tema más persistente en la obra de Richard Learoyd, paradójicamente me devuelve el optimismo de época.
martes, 19 de mayo de 2026
miércoles, 6 de mayo de 2026
reconozco en estas murallas el oficio arcaico que esconde la enfermedad.
investigo en tratados herméticos la articulación de una cabeza órfica
y escribo en pequeñas cuadrículas la perpendicularidad penitente
de los cuerpos.
en breves gestos sin retorno explico
la paradoja de las imágenes en las fotografías o
el dogma terrible de la resistencia del tiempo
en los rostros macerados que me rodean
leo la creencia escatológica en el futuro
o la frágil expectativa teológica de la cura o salvación
dios circula como una fábula
de espaldas a la posibilidad ontológica de sí mismo.
algo muere en el río que corre sin posibilidad de regreso.
me apoyo en esa sombra y escribo en espera de confirmación
a través de las cicatrices de un evangelio apócrifo:
el sello sacramental
de un cuerpo tendido.
contemplo la sangre:
la epifanía religiosa del dolor:
un dios en silencio
que lucha por permanecer
inocente
como un pájaro perturbado.
[Traducción de JAC]
sábado, 2 de mayo de 2026
Manolo Laguillo, el único testigo
Tanto en Barcelona [La Virreina,
Centre de la Imatge. Barcelona, octubre de 2020] como en Pamplona [Museo
Universidad de Navarra. Pamplona, marzo de 2022] se dibujó la misma
sorpresa en mi gesto ante una fotografía de Manuel Laguillo (1953). La titula,
con su proverbial sentido entomológico de la vida, «Barcelona 09 abril 2020
Gran Via B». Un alfiler clavado en el tórax de una imagen. Está tomada desde
uno de los puentes para viandantes que atraviesan la Gran Vía justo en el
momento en el que se transforma en autopista. Cuatro carriles de entrada,
cuatro carriles de salida. Una panorámica que abarca posiblemente unos
quinientos metros de asfalto, que en sentido de entrada se curva hacia la
izquierda y en el de salida hacia la derecha, formando como los cuernos de un
animal mitológico: la megalópolis. Aunque el triunfo de su reproducción no es
metafórico, sino más bien literal: ni un solo vehículo en ninguno de los ocho
carriles de circulación, ni en ningún lugar del tramo captado, bajo un cielo
nuboso de media mañana, posiblemente hora punta en el tráfico urbano de un
jueves de abril, como fue el día 9.
Vi esta
fotografía del 21 de octubre de 2020, al día siguiente de la inauguración de
«Projects (1983-2020)» en La Virreina, y la he vuelto a ver ahora, en marzo de
2022, en la exposición que le dedica el Museo de la Universidad de Navarra,
«Proyectos: Cuatro décadas», más amplia y en un espacio museístico mucho más
impresionante. En ambos lugares he sonreído ante la autopista de entrada y
salida a la ciudad absolutamente vacía, con la complacencia de quien asume que
ha perdido la partida. La realidad le ha dado la razón a Laguillo. El tiempo
del confinamiento era la utopía de su trayectoria como fotógrafo, y lo
imposible se ha cumplido. Sin necesidad de madrugar con la luz para encontrar
desiertas las calles, ni investigar con ahínco perspectivas que obvien
viandantes, ni aguardar con paciencia infinita el momento en el que el disparo
fotográfico no alcance a nadie. A la serie Abril
2020 Barcelona no se le puede negar que logró el cénit de su extensa
carrera como fotógrafo documentalista: cruces de grandes avenidas, bulevares
atravesados por múltiples carriles, vías urbanas junto a edificios emblemáticos…
todos absolutamente vacíos, sin siquiera la sombra de un paseante.
El interés
de la obra de Laguillo, sus proyectos,
se centra en ilustrar la magnitud de las construcciones que por su enormidad no
se pueden captar en una mirada —hay que pasear los ojos de arriba abajo o de
lado a lado—, pero que el fotógrafo consigue encerrar en una única imagen. Su
virtuosísimo es exclusivamente técnico. El uso de cámaras con prestaciones
especiales, en el que es gran experto; la determinación de un punto de vista que
no se corresponde con el habitual del viandante que mira, y que convierte la
escalera en herramienta esencial del fotógrafo; y el tratamiento de la imagen
para conseguir que las líneas paralelas de la realidad se mantengan
apolíneamente en sus placas, sin ninguna distorsión de la perspectiva,
concentran el interés de su trabajo. Una fotografía admirable que, sin embargo,
cuesta admirar. Hay grandes fotógrafos de extremada frialdad en cuya obra el
vacío que muestran impacta por su razón poética, una virtud de la imagen
difícil de concretar, pero fácil de percibir. La aversión de Laguillo a la
metáfora, en todas las dimensiones en las que pueda aparecer —desde la
metonimia hasta el símbolo, desde la alegoría hasta la metafísica—, abruma por
lo estricto de su determinación.
Antes de
visitar las dos muestras antológicas ya conocía el contenido por una
explicación pormenorizada que Laguillo realizó durante una comida celebratoria
en la que, por azares de la concurrencia, me sentaron a su lado, entre personas
más o menos desconocidas. Alguien le preguntó por sus proyectos y el fotógrafo,
que en aquel momento preparaba la exposición de La Virreina, impartió una
clase, tan ordenada y razonada como sus imágenes, sobre su contenido. En el
curso de la charla, donde revisó los detalles de cada uno de sus proyectos
realizados —en Japón, en Beirut, en Chicago— donde había conseguido con
solvencia documentar la esencia de los espacios, confesó sus problemas para
captar imágenes en su viaje al Campo de Gibraltar. Como hacía mucho rato que
hablaba, los comensales aprovecharon la fisura en el discurso para especular el
tipo de complejidad que pudo hacer dudar al implacable Laguillo. Recuerdo que,
con la intención solo de que se me oyera, pero sin calibrar la dimensión de mi
desacierto, recurrí a la historia para arraigar sus dificultades técnicas en el
misterio que rodea el hecho de que aún no sepamos cómo consiguieron los
conquistadores árabes dominar en solo un año la indómita península ibérica en
el siglo VIII, debiendo cruzar previamente por el Estrecho. Disipó la feria de
los disparates el fotógrafo viéndose obligado a confesar el motivo de su
zozobra gibraltareña: no había toma en la que consiguiera eludir presencia
humana.
Como era una comida informal y no un debate académico, la declaración de Laguillo no abrió la sima que sus palabras habían creado. La cuestión excede las pretensiones de esta reflexión, pero no puedo dejar de anotar el proyectil que sentí conmocionar mi cabeza: ¿está la gente de más en la verdad de los espacios? ¿Han de prescindir las ciudades de quienes las habitan? ¿Las personas somos el material fungible de la realidad? ¿Un rostro estropea una fotografía? No debí de ser el único que en la mesa se sintió afectado por la idea laguniana de la fotografía. Otra comensal, que se había mantenido en silencio durante la cuestión gibraltareña, de repente encendió el móvil, buscó en su archivo y nos mostró, sin decir ni comentar nada, unas fotografías realizadas en un país de África cuyo nombre ahora no recuerdo. Pastores ataviados con sus collares y pinturas rituales, madres con sus bebés en los brazos, niños vestidos con los jirones de la moda occidental, pero con luz propia en los ojos. Y, la foto que más metafísica vertió sobre los despistados contertulios, un hombre lavándose las manos en la orina de una vaca, gesto ritual de su tribu que realizan cada mañana para librarse así de los malos augurios.
viernes, 17 de abril de 2026
INSTANTÁNEA
En mi jardín, a solas, me ejercito
en el giro que va
del sentirme mirado
al sentirme mirar,
para sentir sentirme
mirado desde arriba.
Pliega la mariquita, rojo y negro,
sus élitros encima
de la rosa más blanca.
Acude a mí un pensar
más gracioso y ligero
y se posa en el breve
pináculo del tedio florecido
buscando una instantánea
para la eternidad.
miércoles, 8 de abril de 2026
Feliz viaje, Carrie Mae Weems
Durante
el fin de semana se han clausurado las tres exposiciones que este otoño han
monopolizado la contemplación fotográfica en la ciudad. Dos de las salas de
referencia, el centro KBr de Mapfre y Foto Colectania, más un museo, el MACBA,
se han coordinado para ofrecer tres importantes muestras de la obra de la
fotógrafa norteamericana Carrie Mae Weems (1953). No resulta frecuente este
impresionante despliegue expositivo, que posiblemente haya partido de una
iniciativa del Museo de Arte Contemporáneo, pues la obra que se muestra
coincide con la línea museística que potencia en su nueva orientación. Visité
en su día, durante el mes de octubre, las tres exposiciones y en aquel momento
no encontré nada que decir ante lo que fui viendo. La fotografía de Carrie Mae
Weems es escénica y estática. Todos los detalles están organizados como en un
decorado en el que ocurre solo lo que la literalidad de los detalles significa.
Es una fotografía hierática, distante y apriorística, después de disparada la
máquina, nada altera el significado de lo que se buscaba retratar. Esta
cuestión hubiera resultado menos determinante si el significado de las series no
se evidenciara de modo tan explícito en el recorrido. Y si este significado no
fuera única y exclusivamente una reivindicación ideológica, noble en sí misma,
pero contradictoria en su papel de sentido unívoco de una obra de arte. Así que
opté por olvidar mis impresiones durante sendas visitas a las tres exposiciones
que acaban de clausurarse.
La existencia del párrafo anterior quiere decir que algo ha ocurrido para que haya empezado a hablar sobre lo que
había decidido no hablar. Y es que, al comprobar las fechas de clausura,
pienso que había dejado en mi libreta de campo algunas anotaciones escritas
durante las tres visitas. Las leo ahora y no me parece un disparate anotarlas
aquí como mis impresiones ante la obra fotográfica de Carrie Mae Weems.
De hecho, no son notas, sino paradojas.
Me recuerdo paseando por las salas sin acabar de entender lo que veía. Las
placas mostraban, claro, algún interés, pero en su conjunto destilaban la
opinión desalentada que ya he mencionado. Pero el montaje, tanto el expositivo,
con la coordinación de las tres salas, como el relato ideológico que organizaba
y quería dar sentido a todas las imágenes, solo me despertaban preguntas y casi ninguna
respuesta. Así que acabé la ronda asediado por cuatro paradojas que daban
vuelta sin resolver por mi cabeza. Son las que anoté en el cuaderno.
La primera contradicción que me resultó
insoportable es la elaboración de un discurso de crítica social expuesto ante el
público elitista que paga una entrada para ver una exposición de fotografías. Es
decir, la construcción de un discurso a espaldas de su público natural, que por
regla general le cuesta entender las propuestas del arte contemporáneo, no
suele acceder a las salas que lo muestran y, sobre todo, no se siente reflejado
en sus indagaciones, ni estéticas ni de pensamiento. Es decir, me sentía ante
un formidable espejismo: un relato contra la injusticia ajeno por completo a
los que la padecen. ¿Una insolidaridad, tal vez?
Una segunda paradoja surgió de
inmediato anillada a la primera. Me pareció que no existía coherencia entre la
propuesta uniformada del pensamiento que pretendían destilar las fotografías,
que así expuestas exhalaban un discurso que no admite crítica, y su voluntad de
una actitud crítica ante la sociedad. Algo no cuadra. Es como declarar el amor
a alguien con un ramo de ladrillos. ¿Una incoherencia?
La tercera paradoja que me inquietó
tiene que ver con el propio medio de expresión elegido por Carrie Mae Weems. En la
práctica fotográfica hay una referencia vital (a veces es biográfica, pero
puede ser solo espacial, o colectiva, o comunitaria…) y es esa implicación con
la vida lo que conduce al oficio de hacer fotografías. Ahora bien, la
implicación ideológica, que busca la referencia al discurso antes que a la
vida, es una característica de ciertos artistas reconocidos. Ahora bien, ¿por
qué usar un medio abierto como es siempre la fotografía para llevar a cabo una
experiencia de ensimismamiento conceptual? ¿Una extravagancia?
La cuarta también es específica. Admiré, eso sí, el uso del blanco y negro en las fotografías. El blanco y negro, en la colorista y coloreada actualidad, lleva implícita siempre una exigencia en la contemplación, que debe descifrar lo que oculta la ausencia de colores. Ahora bien, el significado propuesto por la autora para sus obras resulta por completo ajeno al pensamiento que sugiere este pequeño esfuerzo de desentrañamiento frente a la imagen en blanco y negro. Es decir, los matices de la tonalidad que descubra la mirada, nada tienen que ver con el sentido que le aplica la autora, algo así como publicar en un periódico el crucigrama ya resuelto por su autor. ¿Un fraude? No sé. Igual hubiera sido mejor dejar enterradas las paradojas en las páginas donde las había registrado, porque, y la última paradoja es la que más me asombra, el caso es que Carrie Mae Weems me resulta enormemente simpática e incluso próxima en sus ideas. ¿Un amor imposible?
jueves, 19 de marzo de 2026
EL SOLDADO CAPTADO por la fotografía. la cara y las uñas sucias. la mirada ausente. esta es una guerra como todas. sucia y cruel. donde la muerte es la única certeza pero no es la muerte su enemiga. lo que ahora cuenta es su estar ahí irrebatible. quizás esté viendo el mundo por primera vez. recuerde los árboles del camino. aquella tarde junto al río. hacer una pausa en el combate. reconocer el milagro de estar vivo. nosotros reparamos en el único botón. en la cremallera cerrada del uniforme. imaginamos los últimos gestos antes de salir ahí fuera. antes de elevar la mirada. mirada que busca vadear el río.
martes, 3 de marzo de 2026
Walker Evans. Afianzador de sombras
En las primeras decisiones del
jovencísimo Walker Evans (1903-1975) hay aspectos que parecen determinar el
conjunto de su impresionante legado fotográfico. Tras su graduación a los
diecinueve años en estudios literarios, se inscribe en el Williams College para
continuar su formación en literatura francesa, como preámbulo a su aspiración
de estudiar en La Sorbona. Y a París llega con veintitrés años
persiguiendo otro sueño, el de convertirse en un escritor. Su modelo era
Charles Baudelaire y ahora vivía en su ciudad. Su habitación de estudiante
tenía los típicos postigos de lamas parisinos, los volets battants. En su interior posiblemente escribiera versos,
pero una mañana en la que el sol se volcaba como un cubo de pintura sobre la
fachada de su edificio le atrajo más la cámara fotográfica que la pluma y el
papel. Dentro de su habitación no estaba París, pero se encontraban activados él
y su creatividad.
En
1926, el joven Walker Evans antes de ponerse a escribir debía resolver una
ecuación nada sencilla. Había llegado a París con Las flores del mal y Madame
Bovary en un bolsillo, pero los diferentes realismos del siglo XIX, su
modelo, eran ya un espléndido jarrón en la vitrina que durante una limpieza
había resbalado de su anaquel y había estallado en el suelo en mil pedazos.
Añicos que descubría en el París de los años 20 y que necesitaba reinterpretar.
En el otro bolsillo llevaba un cámara y aquel día de sol dentro de su
habitación le resultó más fácil trabajar con ella que con la pluma. Abrió la
ventana de par en par, situó su imagen en un contraluz excesivo, empuñó el
disparador con la mano izquierda y lo apretó. El autorretrato que se hizo en
París le mostró, de repente, un descubrimiento que incorporaría a su poética
fotográfica para siempre: el protagonismo de la sombra que borraba casi por
completo su rostro. Que percibió inmediatamente su valor lo demuestra otro
experimento fotográfico similar realizado unos meses después: su autorretrato
convertido ya, al completo, en una sombra. Ambas placas fotográficas consiguen
lo que tal vez no supo lograr como escritor: convertir, gracias a las sombras,
los añicos del elegante jarrón de la cultura en material significativo, un
aprendizaje que desarrollaría después a lo largo de toda su carrera artística.
De regreso a Nueva York, a
finales de los años 20, se dejó seducir —como Baudelaire, pero también como
Eugène Atget, Alfred Stieglitz o su contemporánea Berenice Abbott— por la magia
de la ciudad. Con la cámara en la mano salió a las calles a capturar la luz que
le proporcionara el día, pero llevaba dos propósitos estéticos que se atestiguan
implícitos en todas sus tomas. Uno era de carácter negativo —no quería
convertirse en un cronista, ni siquiera en un narrador de historias— y el otro,
ya en positivo, lo transformaba en perseguidor de la belleza de las sombras, o dicho
de una manera más explícita, de la reconstrucción de la realidad del presente desde
sus añicos. Ambas determinaciones se observan en las fotografías de estos años,
1929 y 1930. La imaginería neoyorquina grandilocuente de la monumentalidad de
los rascacielos ya había sido desarrollada por la generación anterior y solo
quedaba espacio para la actuación hiperbólica, camino que toma su contemporánea
Margaret Bourke-White y sus vistas desde las alas de un avión. Walker Evans, sin
embargo, emprende la opción opuesta: busca revelar la magia de la magalópolis a
través de los detalles y de la cara oculta de las grandes construcciones. Y a
partir de esta intuición desarrolla la poética de las sombras descubierta en
los autorretratos parisinos. Una fotografía de 1928, «Ventanas de Wall Street»,
lo ejemplifica de manera espléndida. Sobre un plano de detalle en un inmenso
edificio de oficinas, con series interminables de ventanas iguales, enfoca las
sombras que produce una humilde escalera de incendios, que son capaces de convertir
el inflexible racionalismo arquitectónico en un poema visual vanguardista. Otra,
mucho más célebre, de 1929, muestra el fotogénico puente de Brooklyn… con una
toma debajo de su plataforma, de modo que dos tercios de la placa lo conforman
una uniforme mancha negra sobre un cielo gris y, en el tercio inferior, una
densa niebla baja entre la que asoma, lejanísima, la silueta enana del Empire
State Building. Dos imágenes que enarbolan carácter, contemporaneidad y
decisión, tal vez más literaria que fotográfica. Esta segunda incluso vinculada
a un relevante proyecto editorial, la publicación del poema El puente de Hart Crane (1899-1932).
En torno a 1930 Walker Evans, con
veintisiete años, mientras indaga en estas perspectivas inéditas que logra
trazar sobre la realidad urbana y experimenta con las sombras consigue una
notoria madurez estética y consolida en la fotografía la personalidad literaria
que anhelaba en su adolescencia. Pero si bien el literato posee un campo mayor
—en teoría infinito— para proyectar sus ideas sobre el papel, el papel
fotográfico exige una doble dependencia con la que Evans pronto se enfrenta, la
necesidad del presente en el momento de disparar la cámara y la confrontación imprescindible
con la realidad exterior a la obra. Y
una tercera, no menos importante, la vertiente profesional: mientras el editor
literario actúa sobre un manuscrito concluido, el encargo fotográfico siempre
es apriorístico. Tras unos años de formación personal, en 1931 encara por
primera vez un encargo importante:
documentar las desprestigiadas casas victorianas en los alrededores de Boston.
El resultado es una serie impresionante de placas que posiblemente marquen una
pauta en la fotografía arquitectónica. Su amigo y emprendedor del proyecto,
Lincoln Kirstein, acertó en el elogio a Evans: «El enfoque es tan nítido que
algunas de las casas parecen existir en una atmósfera sin aire que recuerda las
pinturas de Edward Hopper». Y es cierto, esa emocionante ingravidez que logra,
como alejándolas de las condiciones del presente y de la realidad —y por qué
no, también del encargo— se debe en exclusiva a lo único que estaba mirando a
través del visor Evans en el momento de disparar su cámara, que no eran las
envejecidas fachadas victorianas, sino las sombras de los árboles de sus
jardines que se proyectaban sobre las paredes. Ese baile evanescente de líneas
es el que obra el milagro estético que fascina a Kirstein. En unos casos juega con
la ubicación de los troncos de los árboles, pero en otros consigue evitarlos de
modo que sus sombras sin referente protagonizan, como si fueran trazos
pictóricos, el resultado.
A partir de entonces las sombras
juegan un papel esencial en todas sus placas. Tanto en las fotografías de
edificios, que siguió captando durante años, como en las tomas callejeras,
incluso en los retratos, donde logró un dinamismo extraordinario con los efectos
del contraluz. La práctica del sombreado continuó evolucionando a la par del
crecimiento de su obra. Descubre nuevas posibilidades en el diálogo entre
iluminación y sombra. En una imagen panorámica de una pequeña ciudad, «Vista de
Johnstown, Pensilvania» de 1935, utiliza la luz invernal como sombreado del
conjunto en una iluminación, en calles y tejados, que no procede del sol, sino
de la blancura de la nieve. Una sobrecogedora imagen que de repente aparece
casi como el negativo de la ciudad en un día de verano. La misma técnica se
aplica en una de sus obras más célebres, «El cementerio de coches de Joe», de
1936, tomada con la escasa luz dominante de un atardecer en la que brillan en
puntos aislados —como hacen las sombras ante la luz del mediodía, pero al
revés— pequeñas manchas iluminadas.
Los
juegos entre sombras y luz se arrogan el protagonismo estético exclusivo en las
fotografías de Walker Evans. Lo que sitúa en segundo plano el argumento de la
imagen. Esta práctica consigue mantener el carácter literario de lo que
refleja, despojándolo de sus tramas narrativas o su valor como crónica. El
poeta que anhelaba ser en su habitación de París el día en el que decidió autorretratarse
se consolidó en otra disciplina artística, pero fue fiel a sus principios. Como
fotógrafo profesional tuvo que asumir encargos donde resultaba más complicado mostrar
su personalidad, los realizó con dignidad y carácter profesional, como lo haría
un poeta que redactara un ensayo sobre la poesía africana o relatara un viaje a
Cuba, por ejemplo. Pero en sus poemas visuales, nunca olvidó lo que había
aprendido en su primera fotografía artística: la clave de la mirada nunca está
en el dominio objetivo de lo que permanece, sino en su opuesto, en la visión
—subjetiva— de lo que es fugaz y casi invisible y de repente la imagen lo
captura.

































