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Salgo de la exposición [en la
sala KBr de Barcelona] de Minor White con diversas imágenes sueltas en la
cabeza. La primera es una nevada en 1960, y después de inmediato tres o cuatro
fotografías con líneas de cableado por el aire, que ya están guardadas en la
bodega del teléfono. Luego acumulo sensaciones intensas, pero dispersas, sin
visos de que consigan formar una única disertación. Las imágenes de playas,
donde las olas rompen sin palabras; los
trazos eróticos en primeros planos de rocas y plantas; la fotografía como escritura de un poema. Y este confuso
bagaje con el que abandono la sala es el que me aconseja olvidarme de estructuras
y didactismo y arrancar donde la exposición ha empezado en los ojos de quien la
recorría.
Con
un propósito casi diarístico confieso que la placa que impresiona con mayor vigor mi memoria es esta:
Minor White (1908-1976) la disparó,
según leo en la cartela, en marzo de 1960, en la calleja Haags de Rochester, ciudad
del estado de Nueva York a orillas del lago Ontario donde llega, con 52 años,
apartado de la escuela californiana donde había trabajado desde 1946. En los
mismos días en los que capta esta imagen, quien ahora contempla la acumulación
de nieve en el alféizar de la ventana nació al otro lado del Atlántico, en el
Carrer Gran de Sant Andreu, esquina calle Malats. La composición de estudiada
pureza geométrica emula los signos básicos de las culturas antiguas, como una
cruz o una figura humana con los brazos abiertos. Los adarmes de nieve que
impregna la fachada parecen adornos en una habitación infantil; debajo, la
acumulación emula las ropas blancas de la cuna. Nada de eso verá en la copia
expuesta ningún visitante, pero yo nunca había encontrado una foto que evocara
mi nacimiento hasta que he visto este extraordinario poema visual donde también
yo leo, en la fecha de mi origen, el alma del invierno.
2
Siempre me ha fascinado el
cableado caótico que raya el cielo de las ciudades. Su empeño en perpetuarse me
parece muy superior al de cualquier obra humana, incluso las más ambiciosas. Mi
familia poseía una vieja casa en un pueblo donde todas las conducciones eléctricas
se realizaban a través de cables sostenidos por viejos postes de madera. Las
líneas que trazaban en el aire eran siempre tensas y respetuosas con la
geometría más simple, la del ángulo recto. En cierta época el Ayuntamiento se
propuso que todas las conducciones fueran por tierra y se abrieron las calles
para introducir canales para los diversos servicios. Durante un lustro se
extendieron las obras por la población, pero cuando acabaron a nadie se le
ocurrió después introducir en las canalizaciones los cables que aún atraviesan
todas las vistas aéreas. O se quedaron sin presupuesto. A la antigua línea
eléctrica se han sumado desde entonces cientos de cables de fibra de vidrio de
las telecomunicaciones, en una disposición aún más caótica, la mayoría retorcidos
y combados. Desde hace años documento este despropósito generalizado cuyo
objetivo no dudo que sea, como he visto que ocurre en algunas ciudades chinas,
convertir las calles en auténticos túneles. En la exposición panorámica de
Minor White descubro no solo un valioso precedente, sino a un verdadero maestro
en la meditación sobre el cableado.
Es una de sus primeras
fotografías, disparada en Portland en 1939, mientras ilustra edificios en
espera de demolición para un proyecto que le han encargado, el primero que
recibe. White siente la seducción de este edificio de la Northwestern Electric
Company embalsamado en cables y la transmite. La cámara del principiante —solo
lleva un año de práctica— resuelve a la primera el laberinto de conducciones
eléctricas con una combinación geométrica impecable. De inmediato destaca en la
imagen su capacidad metafórica: cada una de esas líneas, paralelas o
perpendiculares, responde a una conducción eléctrica singular, concreta,
determinada, de un punto a otro, que sin embargo pierde esa identidad en la
proliferación de elementos que se perciben como idénticos. No veo una mejor
definición de la ciudad contemporánea que entonces ya desbordaba todas las
estructuras de la población tradicional. Al mismo tiempo de que era símbolo de
la nueva época, el cableado remite además a la afluencia de personas en un
cruce de calles de una gran ciudad, individuos imposibles de individualizar. En
sordina podría sonar el ritmo de los versos de Walt Whitman: «(Yo soy inmenso…
y contengo multitudes)».
Diez años más tarde, Minor White
es profesor de fotografía en San Francisco, y en 1949 dispara esta placa que
mantiene el protagonismo del cableado. Aunque ha dejado ya de ser una metáfora,
no se ha convertido en crónica. Esta composición del edificio solitario
atravesado por los cables de otros edificios no denuncia, ni informa, ni
dilucida nada. Es una simple imagen donde
la función de cables y postes de luz es descomponer, con claridad y precisión, los
significados enfáticos del edificio neoclásico y del automóvil a la puerta.
Como un niño que hubiera tachado un dibujo que no le gustaba. De hecho, en la
fotografía solo existen a la vista unos simples y fortuitos cables que, sin
embargo, han sido capaces de arrebatar el protagonismo a emblemas que se creían
perennes. Es un sorprendente poema imagista (del imagism), casi un ideograma.
Esta línea de poesía visual imagista es la que va a continuar en su
exilio fotográfico en el estado de Nueva York. En un pacto consigo mismo para
tratar de curar tanto las heridas profesionales como la pasionales, ambas
profundas y dolorosas, Minor White recorre parajes que resultan desamparados y monótonos,
muy lejos de la belleza agreste que había perseguido en la costa californiana.
Sin embargo, capaces de transmitir una paz interior que o bien andaba buscando
o bien creía haber encontrado. El certero cableado que llega a la aislada cabaña
de Dansville, NY, representa otro breve poema lírico imagista que connota con su levedad la tregua en la que vive en
1955, solitario pero conectado con una realidad de nuevo amable.
Pero los cableados de Minor White
aún esgrimen una sorpresa final. En el proceso que su ideación fotográfica
emprende hacia la abstracción como paso final de diversas sublimaciones de lo
erótico, que realiza en primeros planos de rocas, plantas y objetos cuyo poder
de evocación sexual descubre para el observador de imágenes un universo de
sugerencias inédito, no se olvida de los cables. En esta placa, disparada el 14
de abril de 1963, Domingo de Pascua, en la calle Unión Norte número 72 de
Rochester, donde vivía, el cableado acompaña el decidido paso de la imagen
hacia la idealización. Esta ventana, mal cegada por una simple tela, mantiene
como única visión del exterior, acaso también como único visor del interior,
tres anónimos cables callejeros cuyo origen y destino nunca hemos conocido.
3
A partir de los años 40, conforme
su experiencia como fotógrafo crece, empieza a desarrollar su trabajo creativo
en seriaciones cuya idea y origen prende en los retratos de soldado que realizó
durante la segunda guerra mundial. A estos conjuntos, normalmente entre diez y
treinta obras, los denominó «secuencias» y a cada una de ellas le dio un nombre
propio. La primera fue Amputations (1947),
y la entreveró con poemas escritos sobre la guerra a mitad de la década de los
cuarenta. Uno de los poemas, el «46», dice así:
Esparciendo
palabras y flores,
estamos
incumpliendo
nuestro
deber. No cavamos
las
tumbas necesarias
para
esta guerra y la siguiente.
A
esos necios que rehúyen la verdad,
les
entregaría picos y palas,
pero
las uñas son más que suficientes.
A partir de 1947, el desarrollo
de su obra aparece pautado por las diferentes secuencias que emprende. Infinidad de fotógrafos han trabajado,
antes y después, con seriaciones, sin embargo, las series de Minor White no son
comparables. Mantienen una singularidad propia. En primer término, cada secuencia
posee un número fijo y a veces muy limitado de piezas. La primera combina fotos
y poemas, las siguientes ya solo son fotográficas. A diferencia de las series
convencionales, las secuencias no están organizadas únicamente por un mismo
tema o ámbito, sino que marcan etapas de su biografía o de su crecimiento
personal y artístico. Mantienen un paralelismo mayor con la edición de los
libros de un poeta que con la organización de archivos fotográficos. Por otra
parte, las secuencias se conservaron en simples cartapacios de uso personal,
encuadernados con espirales. Algunas solo tuvieron un uso privado, como «La
tentación de San Antonio son los espejos» (1948), conjunto de fotografías eróticas
de la que el fotógrafo solo realizó dos copias, una para el modelo y otra para
él. En suma, se podría afirmar que las secuencias son una suerte de bibliografía poética de Minor White, que
incluyen libros editados y otros inéditos en su época. El halo poético que supo
captar como valiosa herencia de sus maestros casi contemporáneos, solo algunos
años mayores que él, Edward Weston, Paul Strand y Walker Evans, White lo
convirtió en una certera expresión intensamente lírica a través de la imagen.































