Así como existen novelistas
célebres que empezaron su obra publicando uno o dos libros de poemas que nunca
se han vuelto a reeditar, del mismo modo Sergio Larraín (1931-2012), excelso
fotógrafo de la estirpe de Magnum, inició su carrera —y en su caso también la
concluyó— con sendos libros de poemas. No otra cosa son las series que recoge la
exposición de Foto Colectania, inaugurada en Barcelona el 22 de enero de 2026,
que tendrá continuidad en una gran exposición de Larraín en los próximos meses
y en otra entidad. Y ojalá esta segunda
retrospectiva esté también organizada por Agnès Sire, cuya mano en la
disposición de las imágenes y en los textos que se ofrecen a la lectura resulta
impecable, muy por encima de lo que es habitual. Aunque no hay que esperar a
leer las novelas para admirarle, sus
inicios como fotógrafo, que emerge desde una profunda concepción poética de la
imagen, ya merecen un epígrafe en la historia de la fotografía.
Los
dos primeros libros de poemas, cuajados
con piezas captadas a los veintipocos años, tienen dos títulos que van a
acompañar su leyenda: Niños de la calle
y Valparaíso. Las calles de Santiago
de Chile en los años cincuenta ya aparecen dibujadas con trazo contemporáneo:
tránsito de automóviles, edificios notables, grandes comercios y una multitud
de personas bien vestidas caminando abstraída por las aceras. En mitad de esa
normalidad moderna, las ciudades chilenas conocieron en los años 50 y 60 una
incómoda circunstancia callejera a la que denominaron, en lenguaje oficial,
«vagancia infantil». La mención a los niños vagos
no se acaba de comprender bien, puesto que en la exhaustiva crónica que Larraín
hizo de sus infancias rara vez se aprecian actitudes perezosas u holgazanería.
A los niños, solos y descalzos, siempre se les ve en una actividad constante,
de aquí para allá, subiendo y bajando estructuras urbanas. Tal vez más que a vagancia el término oficial se refiera a
su otra acepción como vacío. No
cuesta ver cómo las miradas de los adultos contemporáneos rara vez se cruzan
con la de los niños. Ni los ven. Resultan invisibles en la ciudad moderna. La
pequeña película que Larrain graba en la época, de apenas unos minutos, arranca
con un menor orinando en plena calle. En el centro de la ciudad, en mitad del
tránsito, pero nadie repara en el gesto, ni siquiera para reprenderlo. Son
niños vacíos.
Este
vacío es lo primero que Larraín supo distinguir en las ropas grandes y sucias y
en los pies descalzos. Resulta el punto de
arranque en la reflexión que plantea su serie fotográfica, cuyo propósito
esencial emerge diáfano: convertir a los niños pobres y abandonados por la
calle en protagonistas de la ciudad contemporánea. Y relegar tránsito, brillos
comerciales y adultos atareados a meros fantasmas a su alrededor. Es el gran
argumento de Niños de la calle, la
transformación de los muchachos invisibles en los auténticos héroes modernos de
la ciudad.
Este es el potente contenido
temático de la serie, pero no se trata de una crónica periodística de la
pobreza, ni siquiera de un relato de la miseria, pues ambos enfoques hubieran
mantenido en las imágenes a los niños como una rareza urbana, una anomalía.
Para imbuirles el protagonismo era necesario cambiar el género fotográfico
desde las formas. Y para conseguirlo, el objetivo de su cámara capta a los
niños abandonados en los mismos planos con los que la imagen sublima a los
héroes —primerísimos primeros planos, planos detalle, fondos evanescentes...—, tal
como los muestra con la generosidad de quien retrata al protagonista. Y además,
los fotografía en verso, donde —en
palabras de Agnès Sire— «Su mirada magnética recorta fragmentos de realidad,
sin temerle al fuera de campo, al tiempo sugerido, a las diagonales atrevidas,
a la falta de nitidez, el pleno sol o la penumbra». Una ideación fotográfica
que es pura poesía.
La
serie Valparaíso, mucho más extensa en
el tiempo y también más compleja, está compuesta por múltiples derivas
temáticas. En la exposición se muestran algunas y entre ellas llama la atención
el trabajo fotográfico realizado en el Bar Los Siete Espejos, un local en el
barrio portuario de Valparaíso donde se practicaba la prostitución con «las
niñas de la noche», como las llamaban entonces en Chile, trazando tal vez un
cierto paralelismo con los niños de la calle de Santiago. Ahora bien, el
planteamiento de Larrain, que bien pudiera haber sido el mismo que con los
niños abandonados, es decir, darles todo el protagonismo fotográfico, va a
resultar el opuesto. Porque en realidad se trata de dos realidades socialmente
paralelas —niños en la calle y niñas en la noche—, pero visualmente antagónicas. A los niños nadie los mira cuando cruzan
descalzos una calle de Santiago, pero las niñas de Valparaíso son el centro
constante de todas las miradas que entran en el prostíbulo. A Larraín la
realidad le obliga a cambiar de estrategia, porque el retrato, en primer plano,
de las jóvenes prostitutas resultaría un ejemplo palmario de redundancia. Apenas
cinco años más tarde Anders Petersen entregará ese protagonismo a los
habituales del café Lehmitz, y podrá hacerlo porque en Hamburgo no retrata el
lugar de la cita, sino de la convivencia privada, y la mirada ajena se queda afuera.
La estrategia de Larraín en el
Bar Los Siete Espejos tiene el mismo nombre que el local. Aprovecha como efecto
visual los siete espejos que lo decoran para captar las imágenes de las
relaciones entre clientes y prostitutas, que quedan siempre en un segundo
plano, en los extremos de imágenes en cuyo centro no hay nada. Solo vacío. Y
cuando el objetivo mira a las prostitutas, prefiere captarlas de espaldas,
tapadas por el cliente, a mucha distancia del objetivo, con los rostros
cortados por el plano. Es decir, no replicando la mirada monocorde de los
clientes, sino todo lo contrario, trata de soslayarla retratando el vacío
estremecedor que anida en el corazón del Bar Los Siete Espejos, en Valparaíso. Solo
en algunos casos encuadra rostros de mujeres de cara, en un plano nítido. Pero
los gestos que logra captar en ese ambiente ni por asomo muestran la
sensualidad que sugiere la circunstancia, al contrario, dispara la cámara solo
ante gestos ingenuos, tiernos, casi infantiles de las niñas de la noche. Es decir, en las antípodas de la retórica de
la seducción.
Es
suma, Sergio Larraín, antes de convertirse en el mítico fotógrafo de Magnum que
llegó a ser, a los veintitantos años ya era un gran fotógrafo, además de
haberse convertido en un sutil poeta de la imagen y en un entrañable filósofo
humanista.




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