jueves, 19 de febrero de 2026

Sergio Larraín. El fotógrafo en verso



Así como existen novelistas célebres que empezaron su obra publicando uno o dos libros de poemas que nunca se han vuelto a reeditar, del mismo modo Sergio Larraín (1931-2012), excelso fotógrafo de la estirpe de Magnum, inició su carrera —y en su caso también la concluyó— con sendos libros de poemas.  No otra cosa son las series que recoge la exposición de Foto Colectania, inaugurada en Barcelona el 22 de enero de 2026, que tendrá continuidad en una gran exposición de Larraín en los próximos meses y en otra entidad.  Y ojalá esta segunda retrospectiva esté también organizada por Agnès Sire, cuya mano en la disposición de las imágenes y en los textos que se ofrecen a la lectura resulta impecable, muy por encima de lo que es habitual. Aunque no hay que esperar a leer las novelas para admirarle, sus inicios como fotógrafo, que emerge desde una profunda concepción poética de la imagen, ya merecen un epígrafe en la historia de la fotografía.  

         Los dos primeros libros de poemas, cuajados con piezas captadas a los veintipocos años, tienen dos títulos que van a acompañar su leyenda: Niños de la calle y Valparaíso. Las calles de Santiago de Chile en los años cincuenta ya aparecen dibujadas con trazo contemporáneo: tránsito de automóviles, edificios notables, grandes comercios y una multitud de personas bien vestidas caminando abstraída por las aceras. En mitad de esa normalidad moderna, las ciudades chilenas conocieron en los años 50 y 60 una incómoda circunstancia callejera a la que denominaron, en lenguaje oficial, «vagancia infantil». La mención a los niños vagos no se acaba de comprender bien, puesto que en la exhaustiva crónica que Larraín hizo de sus infancias rara vez se aprecian actitudes perezosas u holgazanería. A los niños, solos y descalzos, siempre se les ve en una actividad constante, de aquí para allá, subiendo y bajando estructuras urbanas. Tal vez más que a vagancia el término oficial se refiera a su otra acepción como vacío. No cuesta ver cómo las miradas de los adultos contemporáneos rara vez se cruzan con la de los niños. Ni los ven. Resultan invisibles en la ciudad moderna. La pequeña película que Larrain graba en la época, de apenas unos minutos, arranca con un menor orinando en plena calle. En el centro de la ciudad, en mitad del tránsito, pero nadie repara en el gesto, ni siquiera para reprenderlo. Son niños vacíos.

Este vacío es lo primero que Larraín supo distinguir en las ropas grandes y sucias y en los pies descalzos.  Resulta el punto de arranque en la reflexión que plantea su serie fotográfica, cuyo propósito esencial emerge diáfano: convertir a los niños pobres y abandonados por la calle en protagonistas de la ciudad contemporánea. Y relegar tránsito, brillos comerciales y adultos atareados a meros fantasmas a su alrededor. Es el gran argumento de Niños de la calle, la transformación de los muchachos invisibles en los auténticos héroes modernos de la ciudad. 

Niños de la calle. Fotografía de Sergio Larraín

Este es el potente contenido temático de la serie, pero no se trata de una crónica periodística de la pobreza, ni siquiera de un relato de la miseria, pues ambos enfoques hubieran mantenido en las imágenes a los niños como una rareza urbana, una anomalía. Para imbuirles el protagonismo era necesario cambiar el género fotográfico desde las formas. Y para conseguirlo, el objetivo de su cámara capta a los niños abandonados en los mismos planos con los que la imagen sublima a los héroes —primerísimos primeros planos, planos detalle, fondos evanescentes...—, tal como los muestra con la generosidad de quien retrata al protagonista. Y además, los fotografía en verso, donde —en palabras de Agnès Sire— «Su mirada magnética recorta fragmentos de realidad, sin temerle al fuera de campo, al tiempo sugerido, a las diagonales atrevidas, a la falta de nitidez, el pleno sol o la penumbra». Una ideación fotográfica que es pura poesía.

         La serie Valparaíso, mucho más extensa en el tiempo y también más compleja, está compuesta por múltiples derivas temáticas. En la exposición se muestran algunas y entre ellas llama la atención el trabajo fotográfico realizado en el Bar Los Siete Espejos, un local en el barrio portuario de Valparaíso donde se practicaba la prostitución con «las niñas de la noche», como las llamaban entonces en Chile, trazando tal vez un cierto paralelismo con los niños de la calle de Santiago. Ahora bien, el planteamiento de Larrain, que bien pudiera haber sido el mismo que con los niños abandonados, es decir, darles todo el protagonismo fotográfico, va a resultar el opuesto. Porque en realidad se trata de dos realidades socialmente paralelas —niños en la calle y niñas en la noche—, pero visualmente antagónicas. A los niños nadie los mira cuando cruzan descalzos una calle de Santiago, pero las niñas de Valparaíso son el centro constante de todas las miradas que entran en el prostíbulo. A Larraín la realidad le obliga a cambiar de estrategia, porque el retrato, en primer plano, de las jóvenes prostitutas resultaría un ejemplo palmario de redundancia. Apenas cinco años más tarde Anders Petersen entregará ese protagonismo a los habituales del café Lehmitz, y podrá hacerlo porque en Hamburgo no retrata el lugar de la cita, sino de la convivencia privada, y la mirada ajena se queda afuera. 

Bar Los Siete Espejos. Fotografía de Sergio Larraín

La estrategia de Larraín en el Bar Los Siete Espejos tiene el mismo nombre que el local. Aprovecha como efecto visual los siete espejos que lo decoran para captar las imágenes de las relaciones entre clientes y prostitutas, que quedan siempre en un segundo plano, en los extremos de imágenes en cuyo centro no hay nada. Solo vacío. Y cuando el objetivo mira a las prostitutas, prefiere captarlas de espaldas, tapadas por el cliente, a mucha distancia del objetivo, con los rostros cortados por el plano. Es decir, no replicando la mirada monocorde de los clientes, sino todo lo contrario, trata de soslayarla retratando el vacío estremecedor que anida en el corazón del Bar Los Siete Espejos, en Valparaíso. Solo en algunos casos encuadra rostros de mujeres de cara, en un plano nítido. Pero los gestos que logra captar en ese ambiente ni por asomo muestran la sensualidad que sugiere la circunstancia, al contrario, dispara la cámara solo ante gestos ingenuos, tiernos, casi infantiles de las niñas de la noche. Es decir, en las antípodas de la retórica de la seducción.

         Es suma, Sergio Larraín, antes de convertirse en el mítico fotógrafo de Magnum que llegó a ser, a los veintitantos años ya era un gran fotógrafo, además de haberse convertido en un sutil poeta de la imagen y en un entrañable filósofo humanista. 

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