Existen
diversas maneras de ser fotógrafo, a veces contrapuestas. Con desdoblamientos
incluso antagónicos, como Edward Weston
(1886-1958), uno de los clásicos de la fotografía, que utilizaba dos cámaras
diferentes, una para sus trabajos comerciales y otra de fuelle y placas de
cristal de gran formato para la obra artística. La manera de encarnar la
fotografía de Fernando Castillo Cáceres (1953) es ser escritor. También es un
desdoblamiento, pero actúa en el sentido opuesto al de Weston. Castillo trata
de fundir en una, hasta donde le sea posible, las dos devociones que practica,
una por las imágenes en blanco y negro y otra por la escritura ensayística y la
crónica histórica y viajera, estas siempre con una proyección narrativa. Aunque
en lo literario no renuncia al color: «La luz, azulada, de un cielo sin nubes,
y el verdor y los ocres de la tierra dan al paisaje ese aspecto que
convencionalmente llamamos levantino». El lector, ¿lee o mira?
Las formas de
correspondencia entre escritura y fotografía que practica Fernando Castillo se
escalan de un modo que vale la pena observar, desde los principios que defiende
(«...es deber del que intenta escribir sacar oro de donde no hay, es decir,
literatura de la nada, arte de lo cotidiano, como hace Bernard Plossu con sus
fotografías») hasta la práctica constante en sus publicaciones.
En sus crónicas reúne con
maestría observación personal y erudición. Y entre los saberes a los que
recurre —históricos,
literarios, artísticos— incluye siempre la
documentación fotográfica, como cuando menciona dos de los «intérpretes [de
Estambul] más destacados del siglo XX como el escritor Orhan Pamuk y el
fotógrafo Ara Güler», donde la referencia fotográfica cobra el mismo relieve
que las habituales literarias o pictóricas. Resulta obvio que lugares y épocas
se deberían documentar también con la aportación de sus fotógrafos, pero rara
vez se encuentran citados en la erudición al uso. En la que practica Castillo
se convierte en una fuente recurrente: «A esta Vilna, a la que entonces
fotografiaba Jan Bulhak, llegó...» o «La vida en blanco y negro de la Viena que
retrató Ernst Haas». Y no solo la fotografía artística guía sus
investigaciones, la Memoria de Biarritz (2022)
del escritor prende en las colecciones de postales pintorescas que coleccionaba
de niño, «reproducidas con la más primitiva fototipia, [donde] se desprende el
aire de decadencia que, antes de que apareciera, ya estaba latente en una villa
de vida original».
Un tercer estadio
de la confluencia entre las documentadas descripciones del escritor Fernando
Castillo Cáceres y la mirada del fotógrafo con el mismo nombre son sus
fotolibros de viajes, como Atlas personal
(2019), Un cierto Tánger (2019) o Rapsodia italiana (2021). La culminación
de este acercamiento se alcanza cuando el escritor pasa de elaborar la crónica
con ayuda del legado fotográfico a centrarla en la contemplación de una instantánea.
O, mejor, de un carrete completo de la era analógica: Carrete de 36 (2021), una historia de la fotografía contemporánea a
partir de la selección de treinta y seis imágenes emblemáticas. La mayoría de
grandes autores, pero también algunas placas anónimas. Un libro imprescindible
para comprender cómo se ha fraguado la dimensión que en la cultura del presente
ha alcanzado la imagen fotográfica. Y cabría añadir, en cuarto lugar, su labor
en la organización y comisariado de exposiciones fotográficas de otros autores
y de épocas o movimientos específicos. Una labor de difusión de sus valores que
el arte fotográfico necesita para sobrevivir.
Este ha sido el
ámbito creativo del escritor-fotógrafo y es también el punto donde arranca el
propósito de la presente selección: admirar la obra del fotógrafo Fernando
Castillo Cáceres. Su cámara continúa una tradición centroeuropea de práctica en
exteriores que se vincula a una indagación en la esencia de los lugares.
Persigue una imagen urbana captada con encuadre meditado, geométrico,
reflexivo, metafórico. Y con frecuencia, introspectivo y melancólico. Se aleja
de lo anecdótico y de lo representativo, pero no renuncia a los matices
narrativos, que suele reflejar con intenciones filosóficas, en el sentido de apelar
a las razones esenciales del ser y de la vida. Y cuando se presenta la
oportunidad del viso irónico, tampoco la deja pasar. Muestra una especial
predilección por la foto nocturna, género en el que ha obtenido obras
memorables.
Muchas de sus
instantáneas han sido realizadas en el curso de sus innumerables viajes, cuyo
objetivo suele ser regiones recónditas o ciudades de belleza singular, otras
forman parte de salidas cotidianas en Madrid, por sus barrios y alrededores, o
en los lugares que frecuenta. En estos casos, se observa una tendencia mayor a
la seriación, como las piezas denominadas «Líneas» o «Barojiana». No se
aprecian diferencias formales entre unas y otras. Sus disparos de cámara
durante los viajes no responden a ningún propósito ilustrativo ni documental.
En lo lejano y en lo próximo, el objetivo de Fernando Castillo traza singulares
retratos de la realidad que no solo
descubren sus matices, sino que también reflejan, como si se tratara de un
espejo conceptual, la meditación, —unas veces
poética, otras metafísica— sobre lo que
acontece frente a quien ha disparado la cámara.
Al margen de sus fotolibros, las fotografías de Fernando
Castillo se han podido contemplar también expuestas. En 2013, al cuidado de
Juan Manuel Bonet, se exhibieron en la Galería José R. Ortega de Madrid. Una
pieza suya fue elegida para la muestra organizada por el fotógrafo Bernard
Plossu a partir de su propia colección. Varias instantáneas sobre Tánger
ilustraron el reportaje sobre «Nuestra memoria de África» en el ABC Cultural
del 5 de junio de 2021, incluida la que aparecía en cubierta. El presente Portfolio reúne, entre cientos de placas
posibles, veinticinco imágenes que enseñan a pensar cuando se mira.
A diferencia de la del escritor, la vida del fotógrafo —cabe referirlo como anécdota final— no está exenta de peligros. El propio Castillo ha contado cómo durante su viaje a las Hurdes, en el pueblo de El Gasco, después de haberlo visitado y recorrido entero, decidió «recoger lo visto con sus cámaras, retratar personajes y fijar paisajes», y nada más «enfocar la cámara —la flamante Miranda Sensorex con teleobjetivo de 100 mm recién estrenada—», empezaron las imprecaciones hacia el «fotógrafo a gritos: “Fuera de aquí”, “No queremos fotógrafos”, “Ya está bien. No somos monos”, “Llamad a los hombres”... Mientras una de las mujeres corría hacia la calle para avisar, empezaron a caer las primeras piedras que lanzaban las lavanderas».
Calle del aire, 10. Sevilla, 2025
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