In memoriam. Hoy, martes 24 de mayo de 2022, ha muerto Ouka Leele. Había
nacido en 1957. Su nombre, que reconozco que no había memorizado hasta hoy, era
Bárbara Allende Gil de Biedma, que parece la descripción de una de sus
fotografías: una identidad preparada
con nombres célebres.
Su nombre verdadero, sin embargo,
siempre fue Ouka Leele y su peculiar y surrealista manera de fotografiar se
convirtió en las décadas finales de siglo XX en el emblema de una revolución
cultural, que algunos llaman Movida, pero que fue un movimiento más profundo y
extenso de punto y final a cuarenta años de una cultura oficial mediocre, miedosa y maniatada. La libertad tenía un logo
imaginado por Ouka Leele. Una imagen compuesta casi pictóricamente, con saturación
de los colores y naturalidad en el
uso de lo inverosímil.
Especial impacto me causaron sus
retratos, en los que sustituía el cabello del fotografiado por animales
(tortugas, peces, pulpos), vegetales (frutas, flores, ramos), aparatos
(máquinas de afeitar, planchas, grabadoras) u objetos de cualquier especie
(zapatos, jeringuillas, aviones de juguete). En 1980 disparó una de sus fotos
más icónica: un tipo con traje, bigote y gafas de sol —prototipo del varón del ancien régime— leyendo un periódico al
revés y con una pierna femenina encima de la cabeza a modo de cresta punki. Una
imagen llena de contenidos políticos concretos, que la época sin duda
reclamaba. Pero la obra a la que dio paso fue dejando de lado cualquier
concreción significativa, y sus imágenes subrayaron únicamente carácter, el de
la reivindicación para la vida de la imaginación, de lo festivo, del disparate,
de lo ingrávido, de lo onírico, de lo esencialmente irrespetuoso. Una obra que
inyectaba el mismo optimismo, felicidad e irreflexión que las sustancias que
corrían por las calles de la Transición.
Así como muchos artistas fracasaron en
el encomio de lo fútil, reviso los repertorios de imágenes de Ouka Leele, hoy
con la conciencia del espejismo que suponía su propósito de derrotar la vida
cotidiana, y sigo encontrando en ellas, intacto, su esencial ausencia de significados
con fecha de caducidad. Solo veo la permanencia de ingenuidad y devoción, de la
fe en una concepción ilimitada de la creatividad, practicada por su propio
encanto. Como un perpetuo juego infantil para el que no está previsto que
exista lo que ha ocurrido en la tarde de hoy, en un hospital de Madrid. DEP.

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