RETRATO DE UNAS SONRISAS
Es una estampa llena de ojos y generosa dicha o quizás bendito día de un dorado retrato de familia.
El padre, que sacó su traje de novio guardado en otro siglo, ve en la pared escenas del acontecer de este raro día en el que a esta hora no está junto a su mula, su perro, su labranza.
La madre es el gozo en vilo, el duende de la casa. Su pecho y su vientre son magia, caudal de las mieles de los días. Comparte el estandarte hermoso de sus hermanas y su prole que luce orgullosa como la piel de los labios. Los niños viven lo inusual del instante azogados con el vibrante jolgorio.
La casa, donde todos viven y todo pasa, es un palacio humilde con un techo de vigas que aún cruje, un suelo de barro y una pared de cal y piedra. En ella cuelgan dos cuadros con paisajes de exóticos lugares que nadie, jamás, dijo haber visto y alguna fotografía de abuelos, bodas y comuniones; intactas con sus nostalgias. También hay una repisa en un rincón donde se guarda lo tangible después del abrigo y la comida: unas medicinas para aliviar dolores y algún tarro con jazmines envejecidos. Se completa con una mesa de formica y algún jarrón que nada dice.
La imagen es sencilla, prueba de la inmortalidad y la resistencia a los días; como la del armazón y los asientos de enea de las seis únicas sillas de la estancia.
[Poema escrito a partir de una
fotografía de Eugene Vernon Harris]

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