sábado, 2 de mayo de 2026

Manolo Laguillo, el único testigo


Tanto en Barcelona [La Virreina, Centre de la Imatge. Barcelona, octubre de 2020] como en Pamplona [Museo Universidad de Navarra. Pamplona, marzo de 2022] se dibujó la misma sorpresa en mi gesto ante una fotografía de Manuel Laguillo (1953). La titula, con su proverbial sentido entomológico de la vida, «Barcelona 09 abril 2020 Gran Via B». Un alfiler clavado en el tórax de una imagen. Está tomada desde uno de los puentes para viandantes que atraviesan la Gran Vía justo en el momento en el que se transforma en autopista. Cuatro carriles de entrada, cuatro carriles de salida. Una panorámica que abarca posiblemente unos quinientos metros de asfalto, que en sentido de entrada se curva hacia la izquierda y en el de salida hacia la derecha, formando como los cuernos de un animal mitológico: la megalópolis. Aunque el triunfo de su reproducción no es metafórico, sino más bien literal: ni un solo vehículo en ninguno de los ocho carriles de circulación, ni en ningún lugar del tramo captado, bajo un cielo nuboso de media mañana, posiblemente hora punta en el tráfico urbano de un jueves de abril, como fue el día 9.

Vi esta fotografía del 21 de octubre de 2020, al día siguiente de la inauguración de «Projects (1983-2020)» en La Virreina, y la he vuelto a ver ahora, en marzo de 2022, en la exposición que le dedica el Museo de la Universidad de Navarra, «Proyectos: Cuatro décadas», más amplia y en un espacio museístico mucho más impresionante. En ambos lugares he sonreído ante la autopista de entrada y salida a la ciudad absolutamente vacía, con la complacencia de quien asume que ha perdido la partida. La realidad le ha dado la razón a Laguillo. El tiempo del confinamiento era la utopía de su trayectoria como fotógrafo, y lo imposible se ha cumplido. Sin necesidad de madrugar con la luz para encontrar desiertas las calles, ni investigar con ahínco perspectivas que obvien viandantes, ni aguardar con paciencia infinita el momento en el que el disparo fotográfico no alcance a nadie. A la serie Abril 2020 Barcelona no se le puede negar que logró el cénit de su extensa carrera como fotógrafo documentalista: cruces de grandes avenidas, bulevares atravesados por múltiples carriles, vías urbanas junto a edificios emblemáticos… todos absolutamente vacíos, sin siquiera la sombra de un paseante.

El interés de la obra de Laguillo, sus proyectos, se centra en ilustrar la magnitud de las construcciones que por su enormidad no se pueden captar en una mirada —hay que pasear los ojos de arriba abajo o de lado a lado—, pero que el fotógrafo consigue encerrar en una única imagen. Su virtuosísimo es exclusivamente técnico. El uso de cámaras con prestaciones especiales, en el que es gran experto; la determinación de un punto de vista que no se corresponde con el habitual del viandante que mira, y que convierte la escalera en herramienta esencial del fotógrafo; y el tratamiento de la imagen para conseguir que las líneas paralelas de la realidad se mantengan apolíneamente en sus placas, sin ninguna distorsión de la perspectiva, concentran el interés de su trabajo. Una fotografía admirable que, sin embargo, cuesta admirar. Hay grandes fotógrafos de extremada frialdad en cuya obra el vacío que muestran impacta por su razón poética, una virtud de la imagen difícil de concretar, pero fácil de percibir. La aversión de Laguillo a la metáfora, en todas las dimensiones en las que pueda aparecer —desde la metonimia hasta el símbolo, desde la alegoría hasta la metafísica—, abruma por lo estricto de su determinación.

Antes de visitar las dos muestras antológicas ya conocía el contenido por una explicación pormenorizada que Laguillo realizó durante una comida celebratoria en la que, por azares de la concurrencia, me sentaron a su lado, entre personas más o menos desconocidas. Alguien le preguntó por sus proyectos y el fotógrafo, que en aquel momento preparaba la exposición de La Virreina, impartió una clase, tan ordenada y razonada como sus imágenes, sobre su contenido. En el curso de la charla, donde revisó los detalles de cada uno de sus proyectos realizados —en Japón, en Beirut, en Chicago— donde había conseguido con solvencia documentar la esencia de los espacios, confesó sus problemas para captar imágenes en su viaje al Campo de Gibraltar. Como hacía mucho rato que hablaba, los comensales aprovecharon la fisura en el discurso para especular el tipo de complejidad que pudo hacer dudar al implacable Laguillo. Recuerdo que, con la intención solo de que se me oyera, pero sin calibrar la dimensión de mi desacierto, recurrí a la historia para arraigar sus dificultades técnicas en el misterio que rodea el hecho de que aún no sepamos cómo consiguieron los conquistadores árabes dominar en solo un año la indómita península ibérica en el siglo VIII, debiendo cruzar previamente por el Estrecho. Disipó la feria de los disparates el fotógrafo viéndose obligado a confesar el motivo de su zozobra gibraltareña: no había toma en la que consiguiera eludir presencia humana.

Como era una comida informal y no un debate académico, la declaración de Laguillo no abrió la sima que sus palabras habían creado. La cuestión excede las pretensiones de esta reflexión, pero no puedo dejar de anotar el proyectil que sentí conmocionar mi cabeza: ¿está la gente de más en la verdad de los espacios? ¿Han de prescindir las ciudades de quienes las habitan? ¿Las personas somos el material fungible de la realidad? ¿Un rostro estropea una fotografía? No debí de ser el único que en la mesa se sintió afectado por la idea laguniana de la fotografía. Otra comensal, que se había mantenido en silencio durante la cuestión gibraltareña, de repente encendió el móvil, buscó en su archivo y nos mostró, sin decir ni comentar nada, unas fotografías realizadas en un país de África cuyo nombre ahora no recuerdo.  Pastores ataviados con sus collares y pinturas rituales, madres con sus bebés en los brazos, niños vestidos con los jirones de la moda occidental, pero con luz propia en los ojos. Y, la foto que más metafísica vertió sobre los despistados contertulios, un hombre lavándose las manos en la orina de una vaca, gesto ritual de su tribu que realizan cada mañana para librarse así de los malos augurios.


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