martes, 7 de enero de 2025
lunes, 16 de diciembre de 2024
Fotografía y realidad
(1. La complejidad)
La fotografía no solo se suele calificar,
junto a la pintura o al teatro, como una práctica artística de carácter
representativo, sino que ha sido considerado el arte mimético de la realidad por
antonomasia. De la pintura y del teatro se discute el grado de realidad
implicado en su representación, pero en la fotografía se da por supuesto, a la
par que su capacidad de retrato de lo real, su sometimiento a esta función del
modo más inerte.
El hito
que le dio origen, en fechas tan tardías como es el siglo XIX, tiene dos
dimensiones. Una es química. La primera fotografía que reconoce la historia, «Vista
desde la ventana en Le Gras» de Joseph Nicéphore Niépce (1765-1833), se consigue
mediante la disolución de «betún
sensible a la luz en aceite de lavanda» aplicada en «una fina capa sobre una
placa de peltre pulido». La química cuenta la vida secreta de la fotografía
durante siglo y medio. El siglo XXI la ha convertido en un producto informático,
ya sin vida propia. No es esta una mala metáfora de la transformación de la
realidad en la revolución tecnológica.
La química era un saber laberíntico, pero
explícito. Uno puede desconocer lo que es el betún, en qué consiste su cualidad
de sensible a la luz y quizá no sepa qué es el peltre, aunque cualquier
diccionario se lo explicará como una aleación de estaño, cobre, antimonio y
plomo. No son conceptos comunes, pero conforman una mecánica, difícil quizá de
poner en práctica, pero sencilla de comprender a grandes rasgos. Esta ha sido
la razón de ser de la fotografía clásica: un complejo proceso mecánico de
plasmación de la imagen. Conocimientos que caracterizaban el oficio del
fotógrafo, que necesitaba ser, antes que un captador de imágenes de la
realidad, un técnico en la plasmación de estas imágenes. El proceso era
completo, arte y oficio entreverados. Igual, por otra parte, que siempre había
ocurrido en la pintura, y posiblemente también en el teatro. No existe genio
pictórico que no esté basado en un conocimiento exhaustivo de pigmentos y
disolventes, ni autor teatral que no se haya subido a una escalera con un
destornillador en la mano. El fotógrafo, al igual que el pintor, firmaba al
mismo tiempo su mirada y su pericia técnica. Una y otra, sin embargo, se
corresponden con dos categorías diferentes de la realidad. Mientras la primera
establece una relación de representación a posteriori, con mayor o menor
subjetividad, de lo real; la segunda, la pragmática fotográfica, es un elemento
más de la realidad: proceso real que produce un elemento real,
antes inexistente, y que exige una interpretación real, producida a
partir de su capacidad para interactuar en el presente absoluto de la realidad.
De la fotografía clásica, la que se desarrolla en
los siglos XIX y XX, es posible afirmar tanto que tiene un valor de
representación de la realidad, como de acontecimiento real. Es más, del
fotógrafo habrá que afirmar además que interviene en dos momentos diferentes de
la realidad: en el presente de la captación de una imagen, al seleccionar los
parámetros técnicos con que desea tomarla, y en el presente de su plasmación y
elaboración como imagen. Afirmación que no se convalida en otras actividades
artísticas más antiguas, que con frecuencia sustituyen el primer momento por la
memoria. De la combinación de ambos presentes solo puede surgir una
representación compleja de lo real, donde la complejidad se deriva
precisamente del grado de realidad implicado en el proceso. Al menos tan
complejo como las otras artes a las que se reconoce, por la implicación de la
realidad en su génesis o en su proceso, una capacidad de transformación de lo
real, como el arte pictórico o la literatura.
La segunda dimensión de la fotografía es plástica. La
primera imagen fotográfica que la historia recoge, en 1826, denominada
poéticamente heliográfica —es decir, escrita por el sol—, solo refleja
las anodinas vistas que su inventor, antes que fotógrafo, veía a diario en la
ventana de su laboratorio y taller. Paredes, tejados y chimeneas de los
edificios próximos. También una de las primeras impresiones tomadas por Louis
Daguerre (1787-1851) por el procedimiento al que dio nombre, y sin duda el
daguerrotipo más célebre de la historia, son unas vistas de un paseo urbano, el
Boulevard du Temble (1837), desde lo alto de un edificio en París, la
ciudad del inventor y fotógrafo. El dato no resulta trivial. Estas imágenes son
el punto de partida de la historia de la fotografía, que después de esta
primigenia constatación del lugar propio la conducirá hasta acompañar los lugares-otros
más extremos, tanto lo nunca antes mostrado como lo nunca antes visto,
que incluye todas las ocurrencias de lo insólito. Pero el origen consagra una
función principal que acabará por ser recurrente, la de un reconocimiento. Tal como parece denominarlo Daguerre tras el
resultado exitoso de uno de sus primeros experimentos con el aparato de su
invención: L’Atelier de l’artista. La fotografía, se podría concluir,
por esencia reconoce el presente de quien la practica, sea su ámbito
cotidiano, sea el de su descubrimiento.
Es más, sin una interacción directa y concreta con
la realidad, sin que se produzca este reconocimiento, la fotografía no
existe. De modo que su carácter representativo opera en sentido opuesto al de
las demás artes: mientras que estas generalizan, a partir de incontables
experiencias reales, la imagen de la realidad que trazan; la fotografía la
detiene en un único instante —diez minutos en la vida de Daguerre, mínimas
fracciones de segundo en la de un contemporáneo— de la realidad, necesariamente
vivido por el fotógrafo. Mientras otras disciplinas tratan de explicar la
realidad mediante la creación de un doble de lo real, la fotografía realiza un duplicado.
Es decir, un documento que tiene el mismo valor que el original. Sin
esta interacción con la realidad, que impregna la creación fotográfica e
implica una relación privilegiada con lo real, no se concibe la fotografía. El
cine, aunque sea un arte derivado, inmediatamente descubrirá la técnica de
filmar un doble —Georges Méliès fue el pionero en el desvío del cinematógrafo
en favor de la fantasía—, apartándose desde el principio de su inicial esencia fotográfica.
En resumen, las relaciones con la realidad del arte
fotográfico exceden la simplicidad de la mera representación, e implican una
complejidad singular, no compartida con ninguna otra disciplina artística,
hecho que no siempre se ha reconocido.
(2. La simplicidad)
Este
preámbulo sobre las complejas relaciones de la fotografía con la realidad,
aunque no lo parezca, carece de intención reivindicativa. Existe un desprecio
explícito por el arte fotográfico por parte de pensadores y creadores que se ha
extendido por toda su historia. Y quizá lo que resulte aún peor, un menosprecio
que se ha transformado en hiriente silencio en sus ensayos y teorías. Lo cierto
es que no vale la pena refutar lo que no se ha pensado con la suficiente
solvencia. El interés de discernir las complejas relaciones de la fotografía
con la realidad es alertar hacia el fenómeno de su simplificación desde que se
ha impuesto, de modo generalizado, la imagen digital.
Atravieso la plaza de la Sagrada
Familia, en Barcelona, al menos una vez por semana. Podría rodearla en el
tránsito desde mi domicilio a mi destino por las calles adyacentes. Alguna vez
lo hago por evitar las aglomeraciones turísticas de los alrededores del
monumento, pero en general tomo la decisión de seguir el itinerario más
directo. Me entretiene evaluar en qué asombrosa cantidad de fotografías saldrá
mi imagen caminando cuando las revisen o las muestren en los lugares más
alejados del planeta. Hay días que paso literalmente delante de una muralla de
móviles enfocados a las torres de Gaudí. A veces entro en la plaza al mismo
tiempo que algún grupo de turistas y mientras continúo ellos se detienen y
fotografían lo que acaban de ver. Es tan instantáneo el gesto que
realizan que mi descripción resulta inexacta. Más preciso parece afirmar que lo
fotografían antes de verlo, es decir, para verlo.
Se diría, en una primera impresión, que
esta actitud contemporánea exacerba la presencia de la realidad con la que
interactúa la fotografía, una de sus características más notables de su
práctica. Claramente quien realiza la toma sustituye la contemplación real del
monumento por el trajín con el encuadre de su móvil. ¿Es esta una práctica que
intensifica la realidad con la que la fotografía se relaciona? Es difícil
comprender la dimensión de este hecho sin apelar a la relación habitual del
individuo contemporáneo con su teléfono. Pongamos algún ejemplo. Las personas
sentadas en el metro ya casi unánimemente viajan con los ojos fijos en la
pantalla de su aparato. Las que viajan de pie, no siempre, pero he visto
acciones de cierta violencia por conseguir un asiento libre para, en el mismo
gesto con el que se sientan, extraer el móvil de bolsos o bolsillos. ¿Qué
función tiene entonces el móvil en su viaje? Obviamente, anular su realidad
—¿incómoda, aburrida?— de viaje. Sustituirla por la irrealidad paralela de cualquier
entretenimiento, sea una red social o un juego. Ante la Sagrada Familia, que no
es un monumento complicado, pero que sí ofrece una lectura con cierta
complejidad por su peculiar estilo, sus épocas de construcción y sus
dimensiones. Complicaciones que resuelve la fotografía al instante sustituyendo
la lectura de la persona por la de la cámara del móvil. Y en el momento en el
que se produce la fotografía, un segundo después, la comprensión resulta
ya innecesaria: la memoria del aparato ya guarda el original. El objetivo de
conocer ya se ha cumplido. En suma, la fotografía ha dejado de intensificar la
realidad al buscar el modo de capturarla en un instante, para convertirse en el
método más eficaz para despejar todas las singularidades con las que nos apela
e incomoda. Es decir, para anularla. Para sustituirla, proyecto implícito, por
cierto, en cualquier aplicación informática.
Si después de fotografiado el monumento lo miran es un asunto discutible, con frecuencia los descubro dándole la espalda para encontrar una mesa vacía en una cafetería. Y he observado también que a continuación lo que sí observan de modo sistemático es la fotografía que acaban de realizar. Revelada ante su mirada de manera mágica, sin implicación de esfuerzo ni de tiempo. Sin realidad que medie entre la toma y el visionado. Y lo que ven en la pantalla, grato a su vista porque ha sido obra suya, índice de su singularidad, no de la del monumento ni la del momento de vislumbrarlo, les colma más que la realidad, que estando allí tan cerca, sin embargo, no la veo comparecer por ninguna parte. Cabría entonces concluir que la fotografía digital, o quizá fuera mejor empezar ya a llamarla fotografía de la inteligencia artificial, ha dilapidado en apenas dos décadas la herencia de dos siglos de hercúleos esfuerzos de un arte por relacionarse, de tú a tú, con la complejidad de lo real. La FIA no es que sea una completa representación de lo real, es que se ha convertido en el anhelado antifaz con el que algunos se acuestan para permanecer dormidos más tiempo.
miércoles, 11 de diciembre de 2024
DENTRO DE LA FOTOGRAFÍA 1
No parece distinta
de otras
malas fotografías:
los rostros de dos mujeres fuera de cámara
…la cara iluminada
de una
niña sentada en el suelo
A través de los años
observo
a la fotógrafa
indecisa ante la máquina
que intenta encuadrar
la escena
y la risa súbita decide la toma
desde su rincón en el piso, -consigue recordarlo-
visiona el detalle del dedo
apretando
el flash
[...]
Rosa Lentini, Hermosa nada
Bartleby Ed. Madrid, 2019. Pág. 73
martes, 3 de diciembre de 2024
Saul Leiter: cuaderno de notas
1.
Existen épocas adánicas en las que artistas y escritores creen haberse
inventado el arte y la literatura. Algo así ocurrió en «los legendarios años
sesenta y setenta». La ironía del adjetivo le pertenece a Cynthia Ozick (1928),
novelista neoyorquina y audaz crítica literaria, que sigue pensando: «Para
asegurar el estatus de su subversión literaria, esas décadas se vieron
obligadas… a denigrar y despreciar, y a veces a hacer volar por los aires, a su
predecesora inmediata, la década del 50». Años —continúa— «mediocres,
constreñidos… conformistas, olvidables y rancios», según opinaban los adánicos recién
llegados entre aullidos y chascarrillos de autoestopistas. «La realidad fue
todo lo contrario, y de manera sublime. De hecho, fue la Era de la Poesía, una
exaltación y un pináculo; desde entonces no ha habido otro». Acierta Ozick, que
está pensando en T.S. Eliot y en W. H. Auden, pero a mí me parece que no existe
mejor presentación para un fotógrafo de los años 50 que no desentona escondido en la Era de la Poesía: Saul
Leiter.
2.
La fotografía es, en esencia, melancólica. Se suele creer que es porque muestra
el pasado. Quizá. En la fotografía analógica, que requería un tiempo entre el
disparo y la visualización de la imagen, parece ser así. Pero esa no es su
esencia; si no, hubiera desaparecido con la fotografía digital. Su inmediatez,
facilidad e ingente cantidad hace que esta ni siquiera tenga oportunidad de
reflejar el pasado. La gestión de tal volumen lo hace difícil. Pero, las buenas
fotografías digitales, entre tantísimas triviales, poseen un poso melancólico.
Es la melancolía del presente. Solo quien dispara puede entenderlo. Lo que
aparece en la imagen siempre es un instante que el sujeto no ha visto. De
hecho, porque no es posible verlo. La velocidad de captura de cualquier cámara
es tan rápida que refleja un fragmento de tiempo que el ojo humano no puede
distinguir. Sería como intentar contar décimas de segundo en un segundero
convencional. Entre un segundo y otro, no se consigue determinar una secuencia
sin el uso de las máquinas. Resulta imposible. Pero la cámara sí ve en esa
frecuencia lo que quien dispara no ha visto. Ese es su poso melancólico.
3.
Las fotografías de Saul Leiter muestran características idénticas a las de
poetas de los 50, como Auden: un trabajo formal intenso, minucioso, pero imperceptible;
una ironía constante y profunda, incluso metafísica; una proximidad cotidiana que
se manifiesta como una incesante fuente de sorpresas; y la presencia de un yo muy
sutil, que al mismo tiempo que se advierte, se desconoce: solo del yo se sabe que
se ha escondido.
4.
«Era la Era de la poesía, —recuerda Cynthia Ozick— precisamente porque todavía
será la era de la forma, cuando la forma, incluso si era abandonada, estaba
allí para ser abandonada… Y la forma… significaba, al fin de aspirar a lo
ilimitado, la presión de los límites». Es difícil no pensar en Saul Leiter al
seguir los pasos de este análisis literario. Hay en todas las tomas del
fotógrafo un control tan estricto de los límites de la mirada que permite que
fluya en su interior, como entregado a su propia improvisación, lo ilimitado en
la vida cotidiana.
5.
El recurso técnico —su manera de interpretar la era de la forma— más sorprendente es una suerte de doble encuadre.
Sobre el fotográfico, que suele ser el que establece las relaciones formales,
geométricas, en la elaboración de la imagen, Leiter traza un segundo encuadre,
que ya no se corresponde a la fotografía —incluso deja zonas extensas del
cuadro ciegas, sin imagen—, sino a la mirada. Un procedimiento que sobrepone al
encuadre de la cámara el auténtico encuadre del fotógrafo, que dispara detrás
de una cortina, en lo alto de un balcón, a través de una ventanilla de automóvil,
desde dentro o desde fuera de lo observado. Vilém Flusser (1920-1921), filósofo
de la fotografía, dejó pensada una acusación sobre el acto de fotografiar,
vinculado más a la programación de la cámara que a la voluntad del sujeto: «en
el gesto fotográfico la cámara hace lo que quiere el fotógrafo, y el fotógrafo
debe querer lo que puede hacer la cámara». Lo escribió en 1983. Treinta años
antes, Saul Leite ya se había planteado mirar
al margen del encuadre de la cámara. Se limitó a esconderse para fotografiar y
esa fue su manera de descubrir lo ilimitado.
6.
Flusser había afirmado también que «la condición cultural está encerrada en el
acto de fotografiar, no en el objeto fotografiado». Es una obviedad que aún no
parece haber aprendido nadie. A veces reviso las redes sociales donde personas
de toda condición cuelgan sus
fotografías: en la mayoría aparecen ellos, a distancias que impiden haber
alargado el brazo para tomarlas. Un retrato, ¿es la fotografía de quien posa o la de quien dispara? ¿O lo es de la marca de la cámara, como opinaba
Flusser? Obviedades teóricas que la práctica convierte en incomprensibles. No
es fácil, desde luego, desentrañar la subjetividad de quien dispara, pero
Leiter consigue en cada imagen que no se atienda a lo representado sino a aquellos
pensamientos que tuvo el fotógrafo en el momento de disparar desde su
escondite.
7.
Un elemento esencial de la poética de Saul Leiter es la devoción por lo
fortuito. El pensamiento filosófico de las generaciones anteriores a la suya
les llevó a pensar una historia posible que dinamitara el punto de vista
jerárquico. La intrahistoria. En el pensamiento fotográfico contemporáneo a aquel
movimiento intelectual primaba lo contrario, el posado. Obligado, es cierto,
por las exigencias de la cámara. Pero también la fotografía de exteriores mostraba
no solo el tiempo detenido, sino también construido. La ciudad de Eugène Atget
posaba para él durante las horas de la madrugada que elegía para mostrarla
completamente vacía. Leiter, que forzaba ángulos, empañaba cristales, daba
protagonismo a los reflejos, adoraba los paraguas, entorpecía la visión…
prefirió siempre lo ocasional a lo monumental. Esa es la frescura de su ciudad,
tan vital en la década de los
cincuenta como hoy mismo. Resulta sorprendente cómo en lo nimio de la vida
urbana descubre lo único perenne.
8.
Como fotógrafo formado en la segunda mitad de la década de los 40, las primeras
placas de Saul Leiter son en blanco y negro. Lo que sorprende en esta época
inicial es constatar que carece de clasicismo en su aprendizaje. Junto a las
incipientes fotografías urbanas, capta también interiores íntimos con desnudos
femeninos. No aprovecha, sin embargo, esta circunstancia sosegada para preparar
la toma, ni siente la tentación de crear una expresión concreta con la imagen.
Aunque tomadas en la misma estancia, se diría que son fotos robadas, disparadas
aprovechando un descuido de la modelo, mientras la cotidianidad trascurre a su
alrededor. Distorsiona encuadres, aleja lo que parece exigir primeros planos, o
acerca tanto la cámara como para que este declare su impotencia a la hora de
retratar un cuerpo. Prefiere mostrar gestos ausentes, posiciones abúlicas,
instantes de desidia. Se diría que aprende a ser vanguardista antes que a ser
fotógrafo.
9.
En los años 50 asume el color con naturalidad. Creo que no existe transición
más corriente en la historia de la fotografía. En 1946 Leiter había llegado a
Nueva York, desde su Pittsburgh natal, con tubos, lienzos y paleta de pintor. Y
ya en sus fotos en blanco y negro recurre a todo tipo de recursos (desenfoques,
granulados, contrastes) para conservar una impresión pictórica de la imagen.
Cuando llega el color, lo extiende por las superficies captadas con la misma
técnica, como si los objetos carecieran de cromatismo y fuera el fotógrafo
quien coloreara con tenues pinceladas cada detalle. Hasta es posible que en la
ciudad existan los colores de Saul Leiter, pero quien los admira cree que han
nacido todos de la paleta de pintor extraviada poco después de llegar a Nueva
York.
10.
Hay algunas buenas fotos con la imagen de Saul Leiter. Si un fotógrafo no sabe
a quién ha de dejar que le retrate, mejor olvidarlo. En la que prefiero ni
siquiera aparece con rostro joven y con la carismática Reflex TLR entre las
manos, sino que tiene 87 años y maneja una DSLR como cualquier turista con buen
sueldo. La foto es de Margit Erb, en 2010, y en ella aparece Leiter agazapado,
en una calle de Nueva York, tras una pared negra, con abrigo de invierno y
mejillas enrojecidas por el frío, no se sabe muy bien si el de aquel día o aún
por el helor de las nevadas en los años 50, de las que no se perdió ninguna.
11.
A las fotografías de Leiter se las puede considerar poemas no por el tema que puedan tratar, ni siquiera por la
sutileza o primor de sus tonos, sino por las implicaciones literarias que tiene
su lectura. Pondré un ejemplo: hacia
1950 fotografió desde un balcón (tal vez un segundo piso, porque permite que se
vea un fragmento de la baranda del primero) una calle nevada cubierta de
huellas: Footprints es el título. Por
el extremo superior derecho, de un encuadre vertical, está a punto de salir de
la imagen una persona (una mujer, parece) que camina bajo un paraguas rojo. La
foto es esa mancha superior roja, redonda, sobre una lámina blanca. La
experiencia visual de la foto no remite al clima ni a la vida urbana, sino
directamente a Perceval, quien vio cómo del cuello de una oca caían tres gotas
sobre la nieve que le recordaron el fresco color en el rostro de la amada. O
quizá recuerde unos versos de Luis de Góngora: «Invidïosa sobre nieve, / claveles
deshojó la Aurora en vano». O, ya en época contemporánea, evoque al rapsoda
sueco Bruno K Öijer, que vio cómo un ciervo herido lamía «pétalos rojos en la
nieve», o a las huellas rojas que deja en un poema Francisco José Martínez
Morán tras haber «pisado cristales con los pies / descalzos». En todo caso, el
mejor comentario de la fotografía quizá lo presagió un aullido de Miguel
Hernández sobre el helor de la madrugada: «El tiempo es sangre».
domingo, 24 de noviembre de 2024
sábado, 16 de noviembre de 2024
El aro del sentido
Veo la película El círculo (Daeré,
2000) de Jafar Panahi, un
director iraní que coloca la cámara donde los demás, habitantes de cualquier populosa
ciudad, simplemente tenemos la mirada. La estructura circular de la narración
me cautiva, pero lo que me fascina son los cabos sueltos que va dejando la
rueda al girar. Uno de los personajes, que protagoniza solo unos minutos de la
cinta, es una joven asustadiza e ingenua, Nargess, de la que el espectador solo
sabe que acaba de salir de la cárcel y trata de llegar a su pueblo. Cuando
consigue finalmente encontrar el autobús y un billete para acceder a un asiento,
unos minutos antes de partir, se da media vuelta, abandona la estación y se
dirige a una abigarrada zona comercial donde compra una camisa blanca bordada,
igual que otra que vestía un hombre con quien se ha cruzado fugazmente un rato
antes. Camisa en la que se gasta todo el dinero que posee. Luego el círculo
continúa dando paso a otra protagonista en la infernal rotación de la
discriminación femenina. Y la película deja al espectador sin conocer nada de
las intenciones de Nargess. No solo sin saber para quién era la camisa, cuya
caja abraza contra el pecho al correr por las calles huyendo de sí misma, sino si
ese incógnito destinatario en realidad existe.
La
escena me recuerda, en otro orden de artes, los extraordinarios encuadres sobre
retratos que muestra la exposición, recién inaugurada en la sala KBr de
Barcelona, de la fotógrafa norteamericana Consuelo Kanaga (1894-1976), que
resultan pioneros de algunos célebres retratistas del siglo XX. Su uso del
encuadre, para cercenar cualquier contexto informativo en la imagen de la
persona retratada, potencia de manera sorprendente su expresividad. La
exposición presenta también diversos encuadres de un mismo negativo, demostrando
que cuanta menos imagen se muestra, más intenso resulta lo que se ve. Incluso
en la fotografía de una madre con sus tres hijas, el encuadre más cerrado, en el que
solo aparecen dos de ellas, multiplica su capacidad de sugerencia.
Ambas experiencias, la de la
película de Panahi y la de las fotografías de Kanaga, apuntan hacia la cuestión
del significado. Y los dos ejemplos muestran cómo, a diferencia de los
elementos formales, cuya concreción es una exigencia unívoca, el significado
que los acompaña no tiene por qué cumplir con esta obligación. Hay una inercia
a pensar que el interés por el significado artístico aumenta conforme su
apertura es mayor, es decir, cuanto mejor comprendemos todos los elementos de
la lógica de un proceso significativo cualquiera, como ocurre en la ciencia o
en el periodismo. Pero, a diferencia de las formas, el significado se empobrece
en su concreción. Cualquier significado en arte, expuesto en todos sus aspectos,
acaba militando en las filas de un tópico. Por ejemplo, si el director hubiera
ofrecido explicaciones sobre la necesidad de que Nargess comprara una camisa
(para quién, por qué, con qué propósito…), el espectador, habiendo comprendido
las razones del comportamiento, las archivaría bajo una etiqueta donde acumula infinidad
de casos similares y, por lo tanto, triviales. La singularidad de Nargess, su
razón artística, arraiga directamente en la ausencia de significado. Igual que
la pérdida de información de un negativo de Kanaga intensifica su expresividad.
Es decir, los agujeros negros del significado —como los que gravitan por el
cosmos— despiertan y potencian la sensibilidad del receptor, la misma que la
información adormece.
martes, 12 de noviembre de 2024
António da Costa Cabral. Fotografías de andar por casa
En el
análisis convencional que se realiza de las artes narrativas, ya sea la novela
o la cinematografía, muchos críticos se conforman con el resumen del argumento
como único dictamen sobre la obra que comentan. Solo hay algo que produzca
mayor tristeza que a uno le cuenten una novela, y es que le expliquen una
película. Aun así, una buena parte de los comentaristas habituales desconocen
otro elemento en el que fijarse a la hora de hablar de una obra artística. He
pensado en ello antes de empezar a comentar la obra del fotógrafo portugués
António da Costa Cabral (1901-1974). La mayor parte de sus singulares
fotografías comparten asunto con cualquier álbum familiar: hay retratos
impactantes, la mayoría realizados a sus hijos y miembros adyacentes a su
extensa familia —el hecho de haber tenido doce multiplica las opciones del
fotógrafo—; hay escenas domésticas, estampas urbanas —de su barrio, en invierno—
y rurales —de vacaciones, en verano—, hay oficios populares, partidas de
billar, y hasta imágenes de partidos de fútbol jugados en campos sin gradas, o
de las instalaciones del aeropuerto lisboeta, si salía de viaje. La grandeza de
la fotografía de António da Costa Cabral emerge precisamente de la medianía de
los asuntos que trata. Es el ejemplo más perfecto de que el arte no se dirime
en el tema, como creen los que viajan a lugares inverosímiles para
fotografiarlos, sino en el talento de la mirada en cualquier situación. El hijo
de Costa Cabral, en un documental sobre la vida de su padre, realiza dos
afirmaciones significativas, la primera es que todos los fines de semana cogía
su cámara y se iba a fotografiar, y la segunda, que solo fotografiaba «por
gusto». Y el talento, es otra observación importante, para manifestarse no
necesita ni dedicación profesional ni asuntos históricos o sociológicos.
La
historia fotográfica de António da Costa Cabral se resume fácilmente en la
palabra «pasión». La encuentro utilizada en el primer párrafo de su biografía.
No solo le condujo a hacer fotos desde muy joven y hasta el final de su vida,
sino que no dejó pasar la oportunidad de montar una cámara oscura en el desván
de su casa y de realizar varias películas rodadas en la calle cámara en mano.
No fue la única afición que cultivó, pues fue también, de joven, un activo
radioaficionado. Y amante del billar. Vivió largas temporadas en Alemania, en
Italia y en Brasil, y regresó a Lisboa para concluir en su país su vida
laboral. Tuvo una extensa familia de la
que sus tomas han dejado entrañables imágenes.
No pretendió nunca alejarse demasiado de su época, al menos a
primera vista. En los años cincuenta se popularizó una corriente fotográfica
que nacía para exponerse en salones y competir en concursos, el Salonismo, caracterizada por la atención
a los aspectos comunes y tradicionales de la vida cotidiana, con una
composición depurada. En esta corriente se inserta la obra del fotógrafo,
aunque esquiva perfectamente el defecto mayor de su época, que fue el
academicismo pictórico, deriva que sus placas no siguen nunca. Al contrario, la
virtud que mantiene vivas hoy las imágenes que fue tomando durante los años
centrales de su siglo es precisamente su capacidad para indagar en las
posibilidades expresivas de la fotografía, donde el tema pasa evidentemente a
segunda fila, y su capacidad metafórica. El tratamiento de luces y sombras, la
composición de las líneas, el equilibrio entre blancos y oscuros, los encuadres
inusuales, la selección del plano, los pequeños detalles paradójicos o irónicos
y, en fin, el diálogo que ofrece con una mirada que ve más allá de lo que está
mostrando… se convierte en lo prioritario de su arte fotográfico y en la
obsesión mayor de Costa Cabral.
Un ejemplo de su capacidad para crear imágenes inquietantes y
polisémicas con elementos cotidianos, pero con un inteligente uso de recursos
fotográficos, es el impresionante contraluz que crea para «Trabajo de costura».
La toma presenta un primer plano de una costurera sumida en la sombra. La
luminosidad emerge del mínimo bastidor donde la tela blanca concentra su atención
en un ambiente de intimidad —almohadas, puerta cerrada—, concentración —en el
gesto y en la tensión de la mano— y sobrecogedor ensimismamiento. Una placa en
la que parece que se vaya a poder escuchar, en el silencio de la habitación, el
pespunte de la aguja cuando entre en la tela. La tarea manual del bordado sobre
el pequeño bastidor, en una fotografía del siglo XX, señala una dedicación artesana.
Hace décadas que la revolución industrial ha mecanizado todas las actividades
de costura, tanto las industriales como las privadas. El significado de esta fotografía
invita a una inmediata interpretación metafórica. El efecto puramente
fotográfico, el contraluz, sume en la oscuridad a la protagonista. La oscuridad
le da nombre a un cuarto donde el fotógrafo trabaja a diario. No usa agujas,
pero sí pinzas, que curiosamente se sujetan con el mismo gesto y con idéntica
concentración se acercan a las cubetas donde las imágenes aparecen como el
bordado en la tela sujeta al bastidor. No es muy difícil descubrir en esta
pieza una hermosa poética fotográfica. En tiempos en los que el cine anima la
imaginación —como las máquinas de coser la costura—, Costa Cabral reivindica el
trabajo artesano, minucioso, personal, laborioso de la fotografía. La datación
de esta obra hace sonreír a quien la ve expuesta: «[192-]-[1974]». Es decir, la
pudo haber realizado desde que con veinte años hizo su primera fotografía hasta
que con setenta y tres tomó la última. Algo parecido puede verse en todas sus
placas, como mínimo período puede determinarse la década. Costa Cabral no fechaba
nunca sus fotos, algo inimaginable en un fotógrafo profesional. Tampoco las
firmaba. En el reverso a veces escribía solo «Ramot» o «Marto», anagramas de
Tomar, población en la que había vivido su juventud. Como el bordado de la
costurera, la fotografía carecía de una función pública o profesional en su
vida de fotógrafo. El genio no siempre exige un uso pragmático de sí mismo. Tal
vez la pureza estilística que se aprecia en todas sus tomas derive de esta
circunstancia.
Veo «Trabajo de costura» en una exposición que ha organizado
el Arquivo Municipal de Lisboa, en su sección Fotográfica, en la Rua da Palma.
Llegué a Lisboa, no por primera vez, pero sí para una larga estancia, justo una
década después del fallecimiento de António da Costa Cabral. En general, creo
que se puede afirmar que la ciudad que conocí entonces, y fue la mía durante
dos años, era prácticamente la misma ciudad en la que vivió el fotógrafo.
Algunas de sus fotos urbanas las he visto
igual que él las refleja. En los años noventa, época en la que regresé con
frecuencia, asistí a la transformación que implicó en Lisboa el paso de una
economía parasitaria a una economía de inversiones, con nuevos barrios y
grandes vías de comunicación. Ahora, en la tercera década del siglo XXI, lo que
llama la atención es la adaptación urbana a la invasión turística. Difícil de
comprender para quien pasea con un baúl de recuerdos a rastras. Antes de entrar
en la exposición había empezado ya a dudar de que esta fuera la misma ciudad
que aquella en la que había vivido. Una fotografía de Costa Cabral me salvó de
la depresión hacia la que, sin darme cuenta, ya empezaba a encaminarme. Se
titula: «Peso de los años» y su datación la ubica entre «[1950-1960]», aunque
puedo certificar que la vi tal cual en
el otoño de 1983, recién llegado a Lisboa. Permanezco un largo rato ante esta
imagen invernal de escalera que salva uno de sus múltiples desniveles,
pavimento empedrado y mujer al fondo tras dos pilares de piedra. Me está
mostrando lo esencial de la ciudad, que continúa intacto debajo de las
zapatillas de los turistas y de los toldos de las terrazas. Y es lo que hay que
mirar. No vale la pena fijarse en lo pasajero, cuando la Lisboa que permanece
está delante. Sonreí y me libré del maleficio turístico, que no son los
turistas, claro, sino el obsesionarse con lo transitorio.
Los críticos serios, que escriben con objetividad y dominan la
terminología técnica, acaso hayan sido los causantes del abandono de los
lectores y del florecimiento de los comentaristas de argumentos. Me pregunto si
no hay un camino intermedio entre unos y otros. Y, de momento, como nadie me
responde, me dedico a rellenar páginas de mi diario con impresiones subjetivas
y vivencias frente a las obras de arte fotográficas. Una manera como otra
cualquiera de perder el tiempo ante lo esencial.
miércoles, 23 de octubre de 2024
Fotografío
vacíos, fragmentos de cuerpos o caras que no permiten identificar a sus dueños.
No sé qué persigo con ello. Distraerme, en principio, y adelantarme a la
desmemoria, que solo respeta lo casual, lo fragmentario, la luz, los detalles
inconexos. Miro y constato el olvido de todo lo que no está en mi mirada. Miro
y hago espacio para todo eso que no está.
José Manuel Benítez Ariza
Año sabático o la novela de un
ocioso
Ed. Polibea, Madrid, 2024. Pág.
656
sábado, 12 de octubre de 2024
El protagonismo de las grietas
En estos
mismos años, un poeta y un fotógrafo suecos decidieron iniciar, con edades
similares, idéntico viaje hacia los lugares desconocidos de España, no solo
para descubrirlos, sino también para mostrarlos en Suecia, un país nórdico que
empezaba a sentir una súbita atracción por el sureño. El viaje se cumplió en
1962, pero el editor sueco que lo amparaba se desdijo. Posiblemente ni la ruta
ni las fotografías coincidían con lo que empezaban a admirar de España sus
compatriotas, el sol y las playas. Perdido en el limbo de las libretas de notas
y los borradores, sesenta años después de la visita, Lasse Söderberg (1931),
escritor con una extensa obra literaria e hispanista notable, ha decidido, con
un pie en sus anotaciones del viaje y otro en el presente de sus recuerdos,
escribir ahora el libro que se quedó en proyecto e incluir, claro, una joya
entreverada: las extraordinarias fotografías que tomó Christer Strömholm
(1918-2002), cuya obra se ha expuesto en Madrid durante la primavera de 2024,
en la Fundación Mapfre. El libro se editó en Suecia en 2013 con el título de Viaje
en blanco y negro y la editorial Renacimiento lo acaba de publicar con
traducción de Ángela García.
Aunque
compartieran el rasgo generacional que buscaba descubrir los rincones ocultos
de la época, el impulso de Söderberg y Strömholm fue diferente en dos aspectos:
no se circunscribía a una única región y no estaba vinculado a un pensamiento
crítico de la realidad española. El ámbito que eligieron fue el país entero,
dejando de lado monumentos y ciudades históricas (con tanto rigor que pasaron
por El Escorial sin entrar en el Monasterio) y su propósito tuvo un aliciente y
un marco que no eran geográficos, sino culturales. Por otra parte, no solo
deseaban visitar espacios, sino también a sus protagonistas. Con este fin
cruzan la frontera desde Francia y llegan a Cadaqués, un pueblo pescador que
les atrae menos que su habitante más célebre, Dalí. En su ausencia, el pintor
Joan Josep Tharrats y el veraneante Marcel Duchamp, introducen en el libro el
marco cultural de la vanguardia artística por la que ambos se interesaban. Y
también en Cadaqués aparece el gran protagonista en la sombra de su peregrinaje
por España: Luis Buñuel. Se encaminan hacia Aragón, a través de los Monegros y
de los vestigios de la guerra civil, para recalar en Calanda, tierra natal del
cineasta admirado. Un paso fugaz por Bilbao les conduce a visitar a Blas de
Otero en su ámbito más cotidiano, el bar, donde Strömholm lo retrata. Y
continúan el viaje, omitiendo las arduas horas de carretera, hacia el epicentro
de su viaje, Las Hurdes. No elegidas por sí mismas, sino por revivir en el
paisaje real la mirada de Buñuel en su documental Tierra sin pan, rodado
tres décadas antes, cuyo guion recrean en su recorrido de principio a fin. En
este aspecto el viaje de los dos artistas suecos se convierte en precedente de
una práctica muy extendida sesenta años después, ya en otro siglo, que son los
itinerarios culturales: el querer contemplar los espacios que describe un
escritor célebre o el lugar donde se rodó una película famosa. Con una fugaz
parada en el Valle de los Caídos (saltándose El Escorial), el viaje concluye en
Cuenca, donde, ahora sí, cumplen su objetivo de encontrar a Antonio Saura.
Mientras
Lasse Söderberg va tomando notas de sus impresiones del paisaje, de las
personas que conocen en los pueblos, de las conversaciones que mantienen y de
sus reflexiones culturales, todo cuanto recrea con fidelidad en el libro,
Christer Strömholm dispara incesantemente su Leika. Y la colección de
fotografías que reúne forma un legado testimonial y artístico admirable. La
primera fotografía que se reproduce, una escena rural cotidiana, unos niños en
una calle, tomada con un contraluz que sume en negro la mitad de la imagen,
evoca certeramente sus inicios como fotógrafo formalista. En sus tomas
realizadas en los pueblos, sin embargo, prima la información testimonial,
aunque siempre hay pequeños detalles en los encuadres o en el protagonismo de
ciertas texturas que convierten la imagen en un relato también personal y
simbólico: «A Christer le gustaba fotografiar los
vanos de las puertas cubiertos con telas, que por lo general le sugerían
mortajas», anota su amigo Lasse. Al encuadrar una antigua foto familiar
enmarcada, por ejemplo, le otorga el protagonismo de la toma a una grieta en la
pared, exacta metáfora del contenido que explicita Söderberg en el texto.
Emblemático resulta también su encuadre del Valle de los Caídos, en el que
dedica dos tercios a la gran explanada con la brutal sombra de la cruz, en uno
de cuyos brazos se recortan una diminutas figuras humanas.
En el conjunto de las fotos de este Viaje en blanco y negro destacan especialmente los retratos. Por una parte, los de personajes conocidos –Tharrats, Duchamp, Blas de Otero, Antonio Saura–, que son extraordinarios. El de Duchamp, sin camisa y fumando un puro, resulta memorable, y los retratos del ambos pintores y del poeta superan en clarividencia la mayoría de fotos con las que se los recuerda. Y por otra parte, brillan los retratos de personas anónimas. Tanto los de niñas y niños jugando en la calle, como los de ancianos sentados a las puertas de sus casas. Sus rostros se muestran impregnados de un halo trágico que les proporciona una hondura simbólica. Vale la pena destacar, entre la excelencia del conjunto, el retrato de una pastora con su rebaño (pág. 59) y, sobre todo, el de los jornaleros ciclistas (pág. 148). Ambos consiguen captar en las miradas de los retratados una lúcida y precisa idea, de orgullo o de desamparo, sobre el lugar que ocupan sus vidas en la realidad, o lo que es lo mismo, el don secreto de la fotografía.
miércoles, 2 de octubre de 2024
Berenice Abbott retrata a Eugène Atget
¿No le
importa colocarse perpendicular a la cámara, monsieur Atget? ¿De perfil lo prefiere, miss Abbott? Puede llamarme Berenice, monsieur Atget. Claro, como desee, miss Abbott. Sí, le haré una fotografía de perfil, monsieur Atget. ¿Y por qué de perfil? No
sabría decirle, monsieur Atget, ¿por
pudor? No me haga reír, un fotógrafo tímido es como un lanzador de jabalina
manco. Bueno, monsieur Atget, no va a
creerme si le digo que es para que no me vea hacerle la foto, pero puedo
encontrar otro argumento si lo desea. Inténtelo, miss Abbott. Quiero contemplarle mientras mira. ¿Cómo si estuviera
yo haciendo una foto, miss Abbott?
Berenice. Eso mismo, disculpe, miss Abbott,
pero si aguarda un instante busco una cámara. No hace falta, monsieur Atget, eso sería retórico. Es
cierto, miss Abbott. Aunque creo que
la razón es otra, y usted ya la sabe, monsieur
Atget. La luz sobre la manga del abrigo o sobre el ángulo de la nariz, las
sombras en la mejilla, tal vez capturar alguno de los mechones indómitos de mi
cabello. ¿Cómo ha sido capaz de adivinarlo, monsieur
Atget? Ay, miss Abbott, qué gracia me
hace quien mira una pieza y me dice: Conozco esa calle, durante un tiempo la
recorría a diario con un ramillete de gardenias en la mano, ahí tuve una novia,
por sus fotos parece que uno pueda volver a meterse en la calle y en su memoria.
Otros ven realidad donde usted, monsieur Atget, solo ve luz, líneas,
volúmenes, sombras, ángulos y texturas, ¿no es cierto? ¿Por qué no me llama
Eugène, miss Abbott?
El maestro incierto, la discípula
esquiva. Invierno de 1927, París. Miss Abbott
(1898-1991) le hizo aquel día dos fotografías, una de frente, otra de perfil.
Posiblemente las últimas imágenes que se conservan del gesto de monsieur Atget. Después la joven
fotógrafa regresaría a Nueva York y donde ella veía luz, líneas, volúmenes,
sombras, ángulos y texturas hoy he visto ciudad.
En la exposición sobre Berenice Abbott titulada «Retratos de la modernidad» (Casa Garriga Nogués. Fundación Mapfre, febrero de 2019).
Pero los que más me ha emocionado han sido los dos que le hizo a Eugène Atget
(1857-1927), su maestro. Y el mío.
viernes, 20 de septiembre de 2024
Aenne Biermann, fotógrafa
martes, 10 de septiembre de 2024
Quiero mi Bruce McLean
En el Modern One, el edificio de la Galería Nacional de Escocia consagrado al arte contemporáneo, encuentro una sala dedicada a celebrar los ochenta años del escultor escocés Bruce McLean (1944), que los cumplirá dentro de unos meses. Nada más entrar, en un vídeo que ocupa toda una pared, aparece su imagen haciendo piruetas al ritmo de una música estridente y más alta de lo aconsejable en un museo. Nadie que conozca a McLean se asustará. Ha dedicado todas estas décadas de creatividad tanto a la escultura como al más puro gamberrismo estético. Para el arte se ha convertido en un auténtico activista. Es la voz en sordina de una generación, la suya, que al cabo resultó privilegiada por las dificultades, el ostracismo, las adicciones y los desastres, de igual modo que los más jóvenes tal vez acaben perjudicados por los privilegios que disfrutan en el presente. McLean no solo es un artista de la vanguardia expresionista, también se convirtió en una suerte de dramaturgo de las ideas, utilizando el arte como escenario y las salas de las galerías como platea. Un ángel anunciador de «the end art history».
Hay ciertos aspectos de Bruce McLean que aprecio en especial. En su actividad he descubierto, por ejemplo, a mi maestro absoluto en el arte de crear listados. Los míos con dificultad giran en torno al centenar de elementos. Sus listas son abrumadoras: solo se detienen en los mil. Espectacular resulta su «List of works», publicada en solo dos páginas de libro, a tres columnas con tipografía diminuta. Se contempla como un poema conceptual. Genial me parece su «Bruce´s CV in 20 seconds», en el anuncio de una película sobre su figura que se puede ver colgado en su Instagram. Tal vez sea la consulta de un currículo más veloz de la historia: empezar riéndose de uno mismo es una prueba de veracidad de la sátira. Interesantes son también las columnas de nombres con sus influencias, donde compartan lista Rita Hayworth y Jackson Pollok: antes que una información se advierte una actitud ante la vida. Muchos de sus textos programáticos están escritos en forma de enumeraciones y juegos de palabras. Uno, extenso, empieza así: «Predecir / predicción como actividad negativa / los peligros de la inteligencia / proyecto anti vivienda social / cínica construcción / termina mal / lo que empieza mal». En cualquier detalle se advierte su maestría para fundir lo coyuntural concreto con lo conceptual filosófico. Esta combinación tan difícil que cuajar lo convierte en un artista singular, mitad gamberro, mitad sublime: «Permiso para planificar / sin permiso de obras / permiso para todos».
Otra de las pasiones que comparto con Bruce McLean es su confianza en los borradores. No pasa nada a limpio. Se comprende enseguida que la mayor parte de su vida transcurrió bajo el reinado de las máquinas de escribir. Sus textos se publican en la primera transcripción a máquina, con constantes correcciones y ampliaciones manuscritas. Algo que en poco más de dos décadas de costumbres informáticas ha desaparecido de la cotidianidad del trabajo intelectual. Ya se corrige y añade directamente sobre la pulcritud de una pantalla. En los textos programáticos de McLean se le ve releyendo sus propios escritos y pensando sobre sus dimensiones. Secretos que solo guardan los borradores. Un virtud añadida de esta práctica convierte la caligrafía en trazo artístico.
Una tercera afinidad que descubro en el escultor escocés es su gusto por los autorretratos. En una época donde la fotografía está tan extendida y, sobre todo tan expuesta a los gestos narcisistas, resulta complicado definir un autorretrato como una actitud artística y distinguirla de la ingente exigencia de retratos de los medios audiovisuales contemporáneos. Los autorretratos de McLean, sean en vídeo o en fotografía, se restringen a la escenificación de sus esculturas vivientes o a acciones de videoarte. Cuando ha de aparecer un ser humano en una imagen, él mismo es quien lo encarna. No se trata de ficciones con personajes, sino de expresiones de un yo que asumen diversas despersonalizaciones contemporáneas. Para el cartel de una exposición en Londres de 1987 se fotografía vestido con un elegante traje claro con un cubo de cinc en la cabeza en una sórdida cueva, rodeado de escombros, donde el escultor, convertido en escultura, encarna una visión sarcástica del arte contemporáneo. Un autorretrato del ser, no del estar. O, tal como propone William Blake en un célebre poema, una cita muy del gusto del artista, «ver el mundo en un grano de arena / y un cielo en una flor silvestre...».
Junto a las listas, los borradores y los autorretratos, la actividad artística de Bruce McLean tiene encanto también por las fotografías, una expresión que el escultor ha convertido en central para su obra. Como fotógrafo ofrece lecturas de sus piezas escultóricas, obviamente, pero también las fotografías concentran su visión humorística y sarcástica de la realidad. Y en muchas ocasiones ambas funciones se mezclan y sus piezas aparecen con curiosas ambientaciones.
La exposición del Modern One, titulada irónicamente «Quiero Mi Corona», arranca con una curiosa fotografía, cuyo título es meramente descriptivo: «Una fotografía de un pastel de frutas encima de un armario fotografiado en el ático de alguien (que no cabe en la imagen)». Me detuve de inmediato ante esta pieza, con tratamiento de lienzo hiperrealista, que me pareció un pequeño manifiesto de la imagen. Con ser descriptivo, el título solo alude a dos partes de la imagen, un pequeño rectángulo en el margen derecho donde aparece el pastel sobre el armario, y otro mayor, en la parte inferior, que es una suerte de apertura superior de una estancia de la que solo se ve la cornisa. Este es el «ático» al que alude el paréntesis del título. El resto de la fotografía, un tercio y medio del conjunto, permanece oscuro. Parece una suerte de collage con tres contenidos, dos fotografías y un fundido en negro.
«A photograph of a Fruit Cake...» se contempla como una pequeña e irónica poética de la fotografía. En primer lugar seduce la idea de que las imágenes surgen del negro y se imponen a él. Ya no recortan la luz y la muestran como una tesela de lo real. La realidad es un fundido en negro al que se sobreponen imágenes inconexas. Una posee un significado trivial: el pastel de frutas sobre el armario. Y también incomprensible. La desubicación de los elementos triviales ha dejado de crear sentido, solo ofrece nuevos peldaños a la infinita escalinata del sinsentido contemporáneo. La otra imagen que se impone al negro promete un contenido al intentar asomarse sobre el techo de una estancia («el ático de alguien»), pero solo ofrece el acceso, la anónima cornisa, una sombra, nada que acerque a nadie. Las tres fronteras de la fotografía contemporánea, la trivialidad, la inaccesibilidad y su presente, la ceguera.



























